La leyenda de Quetzalcoatl. Diego Rivera. Palacio Nacional México D.F.

       
 


       por Dra. Teodora ZAMUDIO

  

Política indígena e indigenista

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Política indígena e indigenista: los proyectos de inclusión y exclusión en la Patagonia Argentina en la segunda mitad del siglo XIX.

María Teresa Boschín* y Leonor Slavsky**

50 Congreso Internacional de Americanistas. Varsovia, 2000.

Fuente: http://www.lofdigital.org.ar/winka/Ponencia%20Bosch%EDn-Slavsky-50%20ICA-12-6-00.doc

 

El tema de este trabajo es parte del proyecto de investigación en curso, “Política indígena patagónica: relaciones interétnicas, identidad y etnicidad. El linaje Chocorí-Sayhueque”, financiado por la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica de la Secretaría de Ciencia y Técnica de la República Argentina.

En el marco de este proyecto nos propusimos realizar un estudio histórico-antropológico del pueblo manzanero, desde finales del siglo XVIII, hasta la década de 1930. Efectuamos un análisis que contempló las dimensiones diacrónica y sincrónica, en base a relatos de viajeros, fondos documentales históricos, eclesiásticos y judiciales de archivos del país y del extranjero, y registros orales obtenidos en entrevistas realizadas a descendientes de la etnia manzanera.

Para la elaboración de esta ponencia en particular, se analizaron documentos que aportan información sobre las décadas de 1860, 1870 y 1880, y que fueron producidos en dos instancias: una, la frontera, en la cual el discurso es un producto inmediato de las prácticas;  la otra, Buenos Aires, lejos del escenario, en el seno de la clase política, a través del debate legislativo que construyó el discurso indigenista y la figura jurídica del indio que legitimaron la política oficial.

La lectura se orientó hacia la identificación de los discursos indianista e indigenista que sustentaron los proyectos de inclusión y exclusión en la Patagonia argentina en la segunda mitad del siglo XIX. Definimos al indianismo como el universo de representaciones, pensamientos e ideas que los pueblos indígenas desarrollan alrededor de su propia problemática; en tanto que entendemos por indigenismo el universo de representaciones, pensamientos e ideas que los sectores dominantes organizan y desarrollan alrededor de la imagen del indio. Las políticas indigenistas son la respuesta que las clases dirigentes dan a la cuestión indígena. En este sentido, el indigenismo es parte constitutiva de la ideología dominante. Hemos analizado y puesto en relación los discursos y prácticas políticas de las sociedades indígenas y del estado nacional referidos a los proyectos de control efectivo del territorio y sus recursos, sobre los que se basaron la negociación y la confrontación interétnicas.

Para elucidar estas cuestiones hemos tomado el caso de la sociedad manzanera, durante la jefatura de Valentín Sayhueque. Este cacique  que tuvo relevante protagonismo desde la década de 1860, estaba establecido en el Sur de la provincia del Neuquén y controlaba un espacio territorial que hacia el Norte llegaba hasta la provincia de Mendoza, hacia el Sur alcanzaba la provincia del Chubut, y hacia el Este, las inmediaciones de los ríos Limay y Negro hasta Carmen de Patagones.

Nuestra hipótesis es que el control ejercido sobre ese extenso territorio y sobre los indígenas asentados en él, fue posible a expensas del sistema de parentesco vigente en las sociedades indígenas nordpatagónicas que incidía en la estructuración de las jefaturas, en el establecimiento de alianzas intraétnicas, y en la definición de las relaciones interétnicas.

Los primeros datos disponibles sobre el linaje Chocorí-Sayhueque, se refieren al cacique Chocorí cuyo lugar de nacimiento es incierto. Algunos documentos aluden a su condición de chileno, en tanto que Casamiquela (s/f) sostiene su origen  tehuelche lo que remitiría a la Patagonia argentina. Sí sabemos que nació entre la última década del siglo XVIII y la primera del XIX[1], y que su territorio, sus vínculos familiares y su actuación política corresponden al ámbito pampeano-patagónico.

El primer documento que se refiere a Chocorí fehacientemente, es el listado de artículos de consumo y vicios entregados a los caciques en el Fuerte Independencia de Tandil, en los meses de septiembre a diciembre de 1830 (Villar 1998). Una fecha más temprana se obtiene de la transcripción hecha por Augusta (1910) de un relato que refiere circunstancias que lo involucran y que datarían de 1810-1820. A partir de la década de 1830, su desempeño está ampliamente documentado, en especial porque aparece como el principal objetivo de Juan Manuel de Rosas durante la Campaña contra los indios de 1833-34.

Ya en fuentes de fines del siglo XVIII (Villarino 1782), aparecen referencias al “País de las Manzanas” ubicado en el Sur del Neuquén y habitado por indígenas con desplazamientos frecuentes por las inmediaciones del curso del río Negro. Precisamente, la franja comprendida entre los ríos Colorado y Negro, y la isla de Choele-choel fue la región defendida por Chocorí ante el avance de Rosas. Su hijo Valentín Sayhueque, en carta dirigida al Gobierno de la Nación (1874) no deja dudas con respecto a la territorialidad del linaje: “(...) les referí que mi finado padre Chocorí había tenido unión con las naciones cristianas no impidiendo la formación de pueblos como Patagones, Bahía Blanca y Azul” (cit. Hux 1991). Los derechos y las atribuciones sobre un territorio tan vasto, recostado al Oeste sobre la Cordillera de los Andes, y al Este sobre el Océano Atlántico se basaban en una red de parentesco que vinculaba a los caciques Chocorí y Cheuqueta[2]

Durante la primera mitad del siglo XIX, época de la vigencia de la alianza entre Chocorí y Cheuqueta[3] -padres de Valentín Sayhueque y Benito Chingoleo Cheuqueta, respectivamente- los indios del Norte de la Patagonia, instrumentaron una política ambivalente con el gobierno de la provincia de Buenos Aires que fluctuó entre el acuerdo y el conflicto. El momento de mayor fricción se registró durante la Campaña de Juan Manuel de Rosas al Colorado, en 1833. Cuando la beligerancia cedió ante la política del acuerdo, y los caciques del Norte pasaron a la condición de “indios amigos”, la firma de tratados y el sistema de raciones garantizó a los blancos el control vicarial sobre el territorio. 

El establecimiento de acuerdos era para las sociedades indígenas una práctica ancestral que tenía un alcance intraétnico o intertribal, y que se concretaba a través de una instancia -el parlamento-, y un instrumento -el acuerdo- que daba como resultado un compromiso verbal. La preexistencia de esta práctica social debió facilitar los acuerdos interétnicos con la sociedad blanca que incluían una instancia de negociación en cierta medida equivalente al parlamento, que se concretaba en un tratado y daba como resultado un compromiso escrito.

Nosotros proponemos que en el Norte de la Patagonia la generación de la política indígena y las consecuentes negociaciones con el Gobierno provincial y con el nacional, mantenidas mayoritariamente a través de las autoridades que estaban establecidas en Carmen de Patagones,  estuvieron sustentadas por una estructuración de las jefaturas que se basó en el sistema de parentesco que facilitaba el establecimiento de alianzas intraétnicas. El éxito de la política indigenista y de la estrategia que de ella derivaba, tuvo su punto de partida en el reconocimiento de ese sistema de parentesco y de las alianzas vigentes, y en la progresiva manipulación que se instrumentó de las leyes indígenas que regían el acceso a la jefatura a través de un mecanismo social que regulaba el esquema sucesorio basado en la consanguinidad y, probablemente, en convenios matrimoniales.    

Los caciques Chocorí y Cheuqueta durante la primera mitad del siglo XIX, encabezaron la alianza de jefaturas de la Patagonia Septentrional, el primero en representación  del ámbito cordillerano y el borde occidental de la meseta central patagónica, y el segundo con competencia sobre el interior patagónico y el curso inferior del río Negro hasta la costa atlántica. En la década de 1850, a Chocorí lo sucede su hijo Valentín Sayhueque, y a Cheuqueta, su hijo José María Bulnes Llanquetruz; en los años sesenta, a éste lo sucede su hermano Benito Chingoleo Cheuqueta, conforme a los usos y prácticas habituales en las sociedades indígenas.

Valentín Sayhueque cuyo nombre en “lengua” era Seminahuel como consta en el expediente sucesorio de su hija Rosa[4], nació en 1818 en la actual provincia del Neuquén, y  falleció el 8 de septiembre de 1903 en Piedra Sotel, provincia del Chubut, a los 85 años de edad. Heredó la jefatura y los fueros territoriales de su padre que murió en el año 1856 (Cox 1863; Claraz 1865). A partir de la década de 1860, la política de Sayhueque se diferenció progresivamente de la ambivalencia hostilidad-acuerdo que había caracterizado la relación de su padre con el gobierno de la Provincia de Buenos Aires. El hijo privilegió una relación pacífica, instrumentada a través de sucesivos tratados (1859, 1863, 1872).

El 10 de mayo de 1859 Valentín Alsina y Bartolomé Mitre firman un tratado[5] con el cacique Benito Chingoleo en el que se consigna que por decisión del hermano mayor de Llanquetruz y Chingoleo, y con la entera aprobación del Gobierno de Buenos Aires, Chingoleo reemplazará a Llanquetruz en Patagones. Se acuerda mantener la vigencia del tratado celebrado por Llanquetruz en 1857 y reconocer a Chingoleo el título de Comandante de la Pampa adyacente a la jurisdicción de Patagones, contando con los mismos beneficios que su hermano Llanquetruz: clase de capitán, grado de teniente coronel y  sueldo mensual de mil doscientos pesos. Se incluye al cacique Sayhueque, no mencionado en el tratado de 1857, en el sistema de raciones y se le adjudica un sueldo mensual de seiscientos pesos.

El 30 de mayo de 1863 en Patagones se firma un Tratado de Paz[6] a través del que Sayhueque manifiesta su decisión de “(...) establecer una paz sólida y duradera con el Gobierno de la República Argentina (...)”, y éste se compromete a “(...) prestar[le] todo el apoyo y protección que le sea posible de manera que todo redunde en favor de la seguridad y del bien del país en general (...)”. El acuerdo garantiza la libre circulación con fines comerciales y por todo el territorio de la República, para el cacique, su gente y sus amigos, y el acceso a Las Manzanas a todo aquel que se traslade con el mismo fin. Saihueque se compromete a prestar apoyo a todo intento del Gobierno de explorar u ocupar puntos militares en el río Negro y el Gobierno se obliga a pagar ese eventual servicio. Saihueque y su gente deberán proteger y apoyar la defensa de Patagones actuando a las órdenes de su Comandante, y comunicar todo movimiento de indios enemigos. Saihueque reconoce al cacique Chingoleo como amigo del Gobierno y jefe de los campos, y a los indios enemigos del Gobierno como enemigos propios. El Gobierno lo protejerá y auxiliará en caso de que aquellos lo ataquen. En tanto que Sayhueque y sus indios quedan en situación de revista para obrar bajo las órdenes del Gobierno, cuando éste ejecute ataques contra los indios enemigos. En estas ocasiones los indígenas recibirán sueldo y alimentos. El cacique recibirá seiscientos pesos mensuales y revistará en la lista de los indios de Chingoleo y Huincahual. El Gobierno proveerá al cacique de una ración anual de cien yeguas y artículos alimenticios varios, indumentaria y una resma de papel.

El poder y la influencia de Valentín Sayhueque se acrecentaron progresivamente: en 1863 era la cabeza visible de una alianza de caciques cordilleranos con influencia sobre los grupos indígenas de la Patagonia Meridional[7]. Cuando en 1867, muere Benito Chingoleo Cheuqueta, la injerencia de la sociedad nacional precipitaba la desestructuración de la sociedad india y habilitaba la manipulación de su autonomía. Como consecuencia de esto, la sucesión de Chingoleo recae sobre Miguel Linares cuya legitimidad es cuestionada por la gente de Chingoleo que respetando los procedimientos consetudinarios, se dirige a Sayhueuque y lo coloca como arbitro de aquella  situación. El caciquillo Trencá de Cheuqueta el escribe a Sayhueque[8]:

“Ermano Saihueque Ud. sabrá lo que determinar este asunto, Ud. sabrá lo que corresponde (...) Ud. sabrá si la ley nuestra la puede quitar un comandante [Julian Murga Comandante de Patagones], es así que yo a Ud. le pido justicia si es justo que pongan a otro de cacique que ni sus aguelos, ni sus padres ni ninguno de su familia descienden de familias de caciques (...)”.

Es a partir de la muerte de Chingoleo cuando en los documentos se incrementa la visibilidad de Valentín Sayhueque. Empleamos el término visibilidad para resaltar qué contexto de producción de los documentos condicionó el registro histórico. Casamiquela (1995) ha interpretado que Valentín Sayhueque estaba subordinado a su primo José María Bulnes Llanquetruz. El hecho de no figurar el primero en el Tratado de 1857 y que recién se lo incluyera en 1859 podría avalar esa afirmación. Sin embargo, creemos que se puede plantear una lectura alternativa de los documentos que tenga en cuenta que las fuentes se generaban en la relación con la Comandancia de Patagones, y que los representantes de la Nación en la Patagonia accedían al mundo indígena a partir de los caciques espacialmente más próximos. Nosotras planteamos que no existió supremacía de un cacicato sobre el otro, sino una alianza entre pares. Sayhueque por su territorialidad cordillerana no tuvo presencia inmediata, y su relevancia recién se advirtió con nitidez cuando el grado de sujeción de Miguel Linares al Gobierno había concluido con la autonomía del Cacicato de la Costa, y con su  prestigio y consenso.

Son sugerentes, en este sentido, dos observaciones realizadas en 1870, por el viajero inglés Musters:

“Los indios al servicio del gobierno, cuyo número es de unas cincuenta lanzas y que residen principalmente en la ribera sur [del río Negro], son comandados por un tal Linares (...) que (...) recibe la paga y las raciones de un oficial de ejército (...) y lo mismo reciben con regularidad todos sus hombres. Se les ha asignado funciones de policía; pero, aunque se puede confiar tal vez en Linares y en sus cuatro hermanos, dudo muchos que los soldados rasos permanecerían fieles a su bandera si llegara a producirse un malón combinado como el que organizó Lenquetrú”.

“La autoridad de Cheoeque se extiende al Norte hasta Mendoza, sobre centenares de indios que residen en tolderías fijas, unos cuantos en el valle próximo a Las Manzanas, pero la mayor parte más hacia el Norte cerca de los bosques de araucarias. (...) el poder del cacique es absoluto y su palabra es ley hasta para sus súbditos más distantes. A una orden suya dejan sus toldos, sus mujeres y sus hijos, y acuden, montados y listos para cualquier servicio, a su cuartel general”. 

El poder y el prestigio del Cacicato de la Cordillera que Sayhueque había heredado de Chocorí junto con el control de las rutas y de los pasos cordilleranos que conectaban el Atlántico con el  Pacífico, es decir Argentina con Chile, y que permitían el cada vez más floreciente negocio del flujo de ganado desde la provincia de Buenos Aires a Chile, habían aumentado significativamente favorecidos por la política de negociación de Sayhueque que le permitía mantener acuerdos de no agresión, beneficiarse con facilidades para ejercer el comercio sin impedimentos e incorporar bienes por medio de las raciones anuales. En tanto que la influencia del Cacicato de la Costa sobre la sociedad indígena había concluido debido al al sometimiento de los Linares.

Durante la década de 1870, las relaciones de colaboración entre el Gobierno y los indios manzaneros agrupados bajo la jefatura de Valentín Sayhueque, se profundizaron. El 8 de marzo de 1870, en Chubut, el Cacique Foyel se explayó frente a Musters (1869-70) sobre sus ideas con respecto a las relaciones con los blancos. Aclaró que aspiraba a mantener vínculos comerciales con los valdivianos del Oeste de la Cordillera y con los argentinos de la costa atlántica. Musters cita textualmente parte de lo expresado por Foyel en aquella oportunidad:    

“Dios nos ha dado estos llanos y colinas para vivir en ellas; nos ha dado el guanaco, para que con su piel formemos nuestros toldos, y para que con la del cachorro hagamos mantas para vestirnos; nos ha dado también el avestruz y el armadillo para que nos alimentemos. Nuestro contacto con los cristianos en los últimos años nos ha aficionado a la yerba, al azúcar, a la galleta, a la harina y a otras regalías que antes no conocíamos, pero que nos han sido ya casi necesarias. Si hacemos la guerra a los españoles, no tendremos mercado para nuestras pieles, ponchos, plumas, etc.; de modo que en nuestro propio interés está mantener con ellos buenas relaciones, aparte de que aquí hay lugar de sobre para todos” (Cacique Foyel, 8-3-1870, Chubut; en Musters [1871] 1964).

Cuando Calfucurá se dirige a Foyel para comunicarle que hará la guerra a Buenos Aires en un mensaje en el que expresaba,  “Tengo el caballo pronto, el pie en el estribo y la lanza en la mano, y voy a hacer la guerra a los cristianos, que me tienen cansado con su falsía”; y le requiere su participación en la ofensiva, Foyel convoca a un parlamento y luego de deliberar concluyen negarse a la solicitud de Calfucurá porque ellos “(...) deseaban mantener la paz (Musters 1860-70)”. Cuando Casimiro, cacique tehuelche meridional, estrecha sus vínculos con los manzaneros, acuerdan que éste y su gente garantizarán la seguridad de Patagones y que si Calfucurá intenta cruzar al Sur del río Limay y hostiga a las colonias, ellos lo detendrán. En tanto que deciden trasladarse a Las Manzanas para convocar a Sayhueque a la defensa de la margen Norte de ese río. En un parlamento en las tolderías de Sayhueque, al que asisten Foyel y Casimiro y en el que toma parte Mariano Linares, pariente de Sayhueque y hermano del sometido cacique de la Costa, Miguel Linares, tanto Casimiro como Linares aconsejan no plegarse al malón programado por Calfucurá porque una actitud de este tipo le haría perder a Sayhueque las raciones de ganado caballar y vacuno que le proporcionaba el Gobierno. 

Hux (1991) transcribe una carta que el cacique Valentín Sayhueque, le envía al Gobierno de la Nación, el 16 de septiembre de 1874 desde Valcheta, Río Negro:

“(...) participé a mis caciques que (...) había recibido fieles obsequios de la autoridad principal (...) que correspondamos fiel y eternamente [a] los anteriores convenios, que apoyemos la defensa de Patagones, Bahía Blanca, Azul, Colorado (...) y expresando que con las naciones cristianas somos paisanos, hijos del mismo territorio, hijos de un solo Rey de los Cielos (...) que respiramos el mismo aire, nos sustentamos con los mismos animales que el Rey de los Cielos crió en el mundo, que ante El somos todos iguales; que no haya mérito entre el pobre y el rico. Les dije también que comprendiesen que vuestro Rey al ponerme a la cabeza de una tribu, lo ha hecho porque sabía, cuando nací, que sería capaz de ser jefe de los valientes que mando y me dio inteligencia para que mirando por todos, hiciera mi felicidad y bienestar [de los demás]. Asímismo me permití añadirles que en las invasiones habíamos perdido buenos padres, hermanos y familias, animales, prendas de plata y últimamente propiedades; en cambio viviendo tranquilos en sosiego todos los habitantes, aumentan las naciones, haciendas, animales de crianza, se vive en una pura alegría (...). Prometiéronme éstos conservar eternamente mi acuerdo por la luz del sol y de la luna, ratificaban todas mis exposiciones evidentes (...). Sin embargo, VE se sirva tener fija confianza y cuente que su Amigo ha trabajado para el bien público. Que no sé mentir. En mí encontrará un criollo sin doblés; cajetilla en el desierto y gaucho en el campo”

La carta concluye diciendo que había escrito al cacique Namúncura exhortándolo a que mantuviera en orden a sus  caciques y que evitara que robaran. Con esta actitud, aumenta la diferencia entre la política de Sayhueque y la de otros caciques del ámbito pampeano.

La correspondencia entre Las Manzanas y la Comandancia de Patagones es profusa durante los años setenta, y da cuenta de los acuerdos y del éxito del negocio pacífico que permitió el flujo de ganado y otros productos hacia las tolderías, y la colocación en el Carmen de los bienes que los indígenas obtenían como cazadores, criadores y artesanos. Es notable el papel de Sayhueque como proveedor de caballos de carrera a los pobladores de Patagones. En el Archivo General de la Nación se conserva correspondencia enviada a Sayhueque para solicitarle que remita caballos para carreras. Musters (1869-70) comparando los caballos de los tehuelches con los que vendían los manzaneros, observa que éstos “(...) eran más veloces en las carreras de pista llana (...)”, quizás esto explica el porqué fueran tan requeridos. Los años setenta fueron para los manzaneros, y en especial para el cacique Sayhueque, años en los que cosecharon los réditos de su política a través de un rápido y sostenido proceso de acumulación de riqueza, garantizado por el control que ese cacique ejerció sobre el territorio, mientras los enclaves de población blanca delineaban una línea de frontera alejada del protegido asentamiento principal de Las Manzanas. 

Hacia finales de la década de 1870, la presión ejercida por los sectores dominantes interesados en responder las demandas del mercado internacional de lana y carne, determinaron el comienzo del fin del período de vigencia de la frontera interna. En este sentido esos intereses entraron en franca contradicción con el aspecto que más valoraba Valentín Sayhueque: su autonomía territorial. De acuerdo con la Ley 954 del año 1878, se creó la Gobernación de la Patagonia, y el 7 diciembre de 1878, al día siguiente de hacerse cargo de esa Gobernación, el Coronel Alvaro Barros le escribe al cacique y le manifiesta:

“Tengo del Gobierno las mayores recomendaciones para tratar con equidad y Justicia a todos los Indios que sean obedientes y leales al Gobierno y muy especialmente a Ud. y al Cacique Ynacayal que tan dignamente han sabido siempre conducirse. Aunque esta recomendación (...) sera (...) rigurosamente cumplida por mi parte, lo sera con mayor empeño (...) por los buenos recuerdos que de Ud. especialmente conservo Desde 1867 que le conoci en el Azul con Ud. celebre arreglos de paz que Ud. ha cumplido hasta hoy honradamente”[9]

Miguel Linares en una carta fechada el 14 de junio de 1879, en Chinchinal, le informa a Sayhueque que se encuentra con el Ministro de Guerra Gral. J. Roca quien lo ha mandado a buscar a Patagones y le ha pedido que le transmita el siguiente mensaje:

“El señor ministro segun me ha hablado tiene muy buenos acuerdos de V. asi es que le pongo en su conocimiento de que si lo manda bajar a cholechel el ministro, vengase con toda confianza a pesar de que hasta la primavera lo ha de llamar, y según me ha dado a entender el ministro yo tendre que ir a su casa para venir los dos juntos. Al mismo tiempo me ha dicho que V. ba a ser nombrado por el Gobierno Gobernador de todas las indiadas de los Campos, pues como yo lo he enterado del modo que V. se ha portado siempre y que siempre ha cumplido bien con los tratados el ministro a quedado muy contento con V. y me ha dicho que el ciempre cumplira lo mismo con V. asi que puede estar V. con ningun quidado que yo le doy mi palabra como sobrino que soy suyo, que el egercito que está en el río negro no intenta hacerle mal ni a uste ni a ninguno de los de su gente. Cualquiera de los que estan bajo su mando que quiera moverse para alguna parte no lo deje salir sin pasaporte y este pasaporte bien que sea firmado con su nombre para que con el pueda ir donde quiera y para su garantia”.

El 7 de julio de 1879, desde el Río Caleufu, Valentín Sayhueque le remite a Miguel Linares una carta encabezada con un membrete manuscrito que consigna “Gobernacion Indigena de Las Manzanas[10], y la dirige a Alvaro Barros.

Expresa que según notas de Roca, Villegas y el propio Barros ha recibido la confirmación de su designación como “(...) Gobernador pricipal de todos los habitantes indigenas de estos deciertos que me dejo de erencia en este Suelo mi finado Padre Chocori por los que me encuentro Contenticimo que cuyo Superior se han impuesto de mi Noble he importante Reputacion y en su efecto me promete aquel Superior un trague y un baston de Gobernador”. Asimismo ha recibido la información de la toma de posesión de Choele-choel por parte del ejército argentino y que “(...) habia desecho todas las tribus de las pampas ocupando todas las poblaciones tolderías donde excitieron; Hasta el Rio Neuquen me manifiesta que esa resolucion lo habia decido el Superior Gobierno por estar completamente el payz y el Superior Precidente desengañado que no han comprendido corresponder aquella generocidad que se les habian mostrado aquellas tribus. Las cuales las encuentro mui razonables y es mui probablemente el que acomete diferentes absurdos y crimenes intolerable su delito de manera como dice el adagio el que se quema que se sople”.

Conrado Villegas en su condición de Comandante General de la Línea Militar del Río Negro y Neuquén, el 19 de agosto de 1879 le escribe al Gobernador de Las Manzanas Cacique Valentín Sayhueque:

“Es menester que escriba a Purran y demas caciques que estan bajo sus ordenes que anden con juicio y que se presenten a la conferencia a que han sido llamados pues el Coronel Uriburu me escribe del Neuquen que esos indios no andan bien. Asi pues aconsejelos y dígales que si despues se llegan a ver en desgracia no echen la culpa a los cristianos. Que si se portan bien y obedecen lo que se les manda, seran bien tratados y respetados en todo, pero si andan mal les voy a hacer la guerra y concluirlos a todos como se ha hecho con los pampas, que ya se acabaron. Baigorrita que era el ultimo que quedaba murio en el Neuquen (...) Toda su tribu esta pricionera en nuestro poder. Los Picunches se creen seguros porque tienen las cordilleras, pero se engañan pues para nosotros no hay dificultades que no sepamos vencer y etnemos mucha gente y caballos para ir hasta donde quieramos. V. que es verdadero amigo nuestro puede hacer que esa gente marche bien pues a la hora que nosotros nos muevamos para hacerles la guerra, ya nada miraremos y los hemos de vencer y destruir aunque se les uniesen todos los Indios de Chile”.

El 6 de diciembre de 1879, Alvaro Barros le escribe a Valentín Sayhueque, y se dirige a él como “estimado compatriota”, manteniendo el trato amable de tiempos anteriores, pero haciéndole notar que la situación ha cambiado:

“(...) paso a contestarle con la esperanza de que su buena razón le permita apreciar con exactitud, la nueva situacion que el adelanto natural del pais ha venido preparando, y se desarrolla en estos momentos, rápida e irresistiblemente (...) vera Ud. que he sido especialmente encargado de entenderme con los indios que se hallan dispuestos a obedecer al Gobierno de la Nacion, bajo el nuevo sistema que se ha resuelto adoptar (...) Me refiere Ud. en sus cartas que le han dicho que nosotros tenemos la mira de apoderarnos de su persona, y otros proyectos semejantes, y yo estraño que un hombre de su capacidad y esperiencia, preste oidos a semejantes invenciones, incompatibles con la dignidad y altura de un Gobierno ilustrado”[11].

El 26 de mayo de 1880[12], Valentín Sayhueque escribe, desde su toldería en el Caleufu, al Sargento Mayor de Patagones Miguel Linares, reclamando por la falta de respuesta a una carta anterior enviada al Gobernador de la Patagonia Don Alvaro Barros y transcribe esa carta:

“Amigo habiendo[se] dirigido [mis Capitanejos] en forma de comicion a casa de su Gobernatura y del Sr. Linares en reclamo de mis Raciones que el Gobierno se servia darme. Amigo yo creo que nada le constaba a V. de declararle[s] francamente que no habian mas Raciones y así habermelos despachado pronto sino que me han tomado pricioneros los tres Capitanejos compuesto de secenta y ocho hombres (...) [y] he hoido positivamente que se les aplican terribles tormentos noches y diariamentes castigos asotes golpes, y atados como animal, Yo Amigo, creia que los cristianos castigaban al que comete crimenes ho absurdos y no a inocentes que no tiene delito puramente en nada. (...) creo (...) que tengo el derecho y todas las Razones de (...) reclamar a V. (...) y al mismo tiempo le repito que las Raciones que el Gobierno se servia darme a Dios Gracias poco las caresco. Pues los animales silvestres carniboros que nabegan en mis campos puedo mui bien alimentarme de ellos y bestirme y tanto con los teguidos de mis Mugueres sin jamas decearle el trabajo al projimo. (...) Sor. Gobernador y Amigo despues de indicarle a V. mis ideas y opiniones suplico a V. y al Sor. Precidente de la Nacion se me conceda hunicamente la conduccion de mis negocios a ese destino como igualmente suplico se sirba concederme el respectibo pasaporte para a casa de Gobierno de la Nacion para de este modo disistirnos en forma, y pactar otros propositos ecensiales (...) Esto es por medio de comicionado y si V. no puede concederme esta pretencion Ami Ber no faltara donde yo pueda inviar mi comicionado a aquel Superior ya cea en notra Republica yo creo probablemen[te] que por su plata el hombre puede muy bien esprezando su situacion pasar livremente en otro territorio. Amigo Barros me hace penzar buestro Gobierno distintos penzamientos (...) le dire a V. que no hallo como comprender que porque ebidente e intolerable crimen haya dado orden para que el Sor. Billegas haya mandado sus tropas a mis campos (...) Sor. Gobernador en [consecuencia] me habia bisto obligado a ponerme en marcha para el Chole-Chel personalmente con el Numero y Cantidad de mil sietecientos hombres para de este modo entenderme con el Superior Sor. Billegas [pero como] encontre (...) sus faborables recuerdos probeii de regrezarme amis campos. No por falta de ser baliente pues mi Educacion no me permite biolar mis deberes”.    

El contenido de estas últimas cartas manifiesta el rápido deterioro de las relaciones entre ambos grupos y la asunción explícita del conflicto. Las misivas pierden el carácter amistoso y puede advertirse en ellas un duro cruce de amenazas. La designación de Sayhueque como Gobernador de Las Manzanas estuvo destinada a que aquél hiciera cumplir a los indígenas las disposiciones del Gobierno Nacional. Esta designación no significó el reconocimiento de la autoridad e independencia del Cacicato de la Cordillera, sino un paso más hacia la subordinación definitiva. La política indígena de los manzaneros se había basado en la intención de mantener la autonomía territorial y la consecuente atribución para explotar el territorio a través del control de los resortes más apreciados: sus habitantes -garantía tanto de la negociación como de la eventual confrontación-, sus recursos y sus vías de circulación y comunicación. Incluso los beneficios del sistema de raciones pasan a un segundo plano ante el peligro de la pérdida del espacio. La política de Sayhueque que había generado un  proyecto indígena inclusivo que cubrió el territorio patagónico desde las inmediaciones de los ríos Limay y Negro hacia el Sur, incluyendo el Cacicato de la Patagonia Meridional, y que dejó afuera a los caciques del Norte, había llegado a su fin.

Valentín Sayhueque estuvo dispuesto a ser un indio amigo y en ese estatus se mantuvo durante veinte años, reforzando sus prácticas con la construcción de un discurso pacifista que incluso pretendió legitimar frente a propios y ajenos, demostrando que enraizaba en la tradición de la alianza cordillera-costa que habían sostenido su padre Chocorí y su tío Cheuqueta. De esta forma, para alcanzar la posición que tuvo hacia finales de los años sesenta y para mantenerla, colaboró con la política indigenista del Gobierno mientras éste desalojaba a los indígenas de la pampa y acordó con esa política escribiendo en una de sus cartas: “el que se quema que se sople”. Llegó a resignar sus derechos sobre la isla de Choele-choel, una plaza reiteradamente reivindicada como propia, y especialmente defendida por Chocorí en oportunidad del avance de las tropas de Rosas durante la “Campaña al Colorado”.

Pero, cuando la embestida final del estado-nación pretendió cambiar su posición de cacique subordinado a cacique sometido, Sayhueque abandonó su política conciliatoria y decidió resistir. En 1882, sumó sus lanzas a las de Namuncurá y atacó un fortín próximo a la confluencia de los ríos Neuquén y Limay. Peleó hasta 1884, en la denominada batalla de Apeleg. El 1° de enero de 1885, se rindió.

Así transcurrieron en la frontera, los veinte años de vigencia de los tratados y los cinco años que demandó la sujeción de Valentín Sayhueque a la Nación. Mientras tanto en el Congreso de la Nación se trataba la denominada “cuestión indígena” y se generaba un debate y un corpus legislativo que sustentaría de manera definitiva la relación con los indígenas que hasta ese momento se encontraban fuera de las fronteras internas. La Constitución de 1853 atribuyó al poder legislativo la responsabilidad de proveer el trato pacífico con los indios y su conversión al catolicismo. El derecho a la tierra, la validez de los tratados, y el reconocimiento de la organización política de las sociedades indígenas fueron los ejes centrales de la discusión parlamentaria.

En el texto del proyecto de Ley 215 de Avance de la frontera al río Negro de 1865, se reconocía el derecho aboriginal para la posesión del territorio. En el debate se presentaron tres posturas alternativas: negarles cualquier derecho, reconocerles derechos preexistentes o reconocerles derechos pero sólo emanados del derecho positivo. Finalmente, el artículo 2 de la ley sancionada dice: “A las tribus indias comprendidas en el territorio entre la actual línea de frontera y la fijada por el artículo 1 de esta Ley se les concederá todo lo que sea necesario para su existencia fija y pacífica”. Se reemplaza el “reconocer derechos” por “conceder lo que sea necesario”, y se elimina toda referencia a la tierra (Cfr. Boschín y Slavky 2000).

Los siguientes extractos de intervenciones de los legisladores, ejemplifican estas posiciones: 1. “los indígenas no tienen derecho a determinada porción del territorio porque son tribus nómades que no se asientan fácilmente en ninguna parte” (Senador Navarro); 2. debe respetarse “en cierta manera parte de sus derechos actuales (...) al mismo tiempo que se les hace amigos, se les pone en condiciones humanitarias, haciéndoles ver que el Gobierno actual de la República no es un gobierno desconocedor de sus derechos” (Senador Llerena); 3. “puede considerárseles a algunas tribus la posesión y aún la propiedad de un espacio de terreno, pero no debemos reconocerles ninguno de esos derechos como anteriores a la ley y fuera de ella. Si algún derecho se les reconoce ¿con qué facultad vamos a herir esos derechos que no han emanado de nosotros? (...) no hay verdaderamente tal derecho de propiedad ni de posesión porque yo no concibo esos derechos ni ningún otro desde que el Congreso, el Ejecutivo, un general y un simple comandante de fortín, pueda reducirlos discrecionalmente y por consiguiente llevarlos hasta la nada” (Senador Rojas).

Otro punto capital en la relación con los pueblos indígenas fue la validez de los tratados ¿Va a tratar el Gobierno con los indígenas como si fueran naciones extranjeras?, se preguntaba el Senador Frías en 1865; en tanto que el Senador Navarro, en 1868, reflexionaba sobre si el trato pacífico al que obliga la Constitución se refiere a celebrar tratados o a no emplear, dentro de lo posible, la violencia. La posición que finalmente se impuso fue la expuesta por el Senador Figueroa en 1885, cuando afirmó que el estado argentino no tiene porqué hacer tratados con subditos suyos. Se ha sostenido durante siglos y hasta la época actual que todo ese territorio de la pampa hasta la patagonia, le pertenece. No hay tratados internacionales con los indígenas porque no se los reconoce como nación.

Levaggi (1998) afirma que durante el período colonial y el período independiente previo a la Organización Nacional, las relaciones pacíficas entre las sociedades indígenas establecidas fuera de las fronteras interiores, y la sociedad blanca estuvieron regidas por el “derecho de gentes”, no fueron relaciones de subordinación como en el derecho interno sino de coordinación entre entidades jurídicamente iguales o parecidas. Este estatus jurídico fue el que permitió celebrar tratados. A partir de los debates parlamentarios posteriores a 1860, se comenzó a consolidar la idea de que esos tratados nunca habían existido o carecían de valor. Esta postura está expuesta en la intervención del Senador Rojo (1865): [Esos tratados] “son especies de convenciones que las autoridades públicas celebran con estas corporaciones más o menos salvajes o civilizadas, pero que no llegan al rango de tratados internacionales”.

El reconocimiento de la organización política se trató cuando se discutió el  Proyecto de Ley sobre Colonias Indígenas. El debate transitó entre dos posturas polares: conservar la organización tribal dando a los miembros la aptitud para que gradualmente ingresaran en la civilización, y el no reconocer y hacer desaparecer a las tribus como institución,  violentamente si fuese necesario.  

Preguntas y afirmaciones del siguiente tenor quedaron registradas en los Diarios de Sesiones del Congreso: “¿Podríamos nosotros asimilar a estos indios a nuestra población destruyendo la organización de tribu que tienen? ¿Por qué hemos de legislar en relación a la familia si ellos quieren conservar su cuerpo político?” (Diputado Calvo, 1885); “Los indios colocados en agrupaciones, con sus caciques, con sus leyes, con su civilización, con sus costumbres, con su religión (la que no han de abandonar mientras se les tenga así reunidos), serán para siempre los mismos indios, serán una amenaza, un peligro para las poblaciones europeas establecidas en colonias” (Diputado Ocampo, 1885).

En 1881 cuando el presidente Roca inauguró el período parlamentario, se refirió a la importancia de las fronteras exteriores para el acceso al comercio exterior:

“(...) no deben existir (...) tribus de indios enemigos  que interrumpen la comunicación  por los puntos tal vez más fáciles y adecuados”; plantea la necesidad de una segunda expedición “... contra las únicas dos grandes tribus que quedan a este lado de la Cordillera, la de Sayhueque y la de Renquecurá desde cuyo territorio (...) se dominará facilmente toda la región comprendida entre el Neuquén y el Estrecho”. Resalta el éxito logrado por las tropas: “... habiéndo llegado nuestras divisiones al punto de la cita, al país de las Manzanas, el país del Vellocino de oro en las leyendas del desierto, dejando así libres para siempre del dominio del indio esos vastísimos territorios, que se presentan ahora llenos de deslumbradoras  promesas al inmigrante y al capital extranjero”. 

Mientras el Estado Nacional no tuvo la posesión efectiva del territorio, una política de convenios habilitó el control vicarial sobre el mismo. Con ese fin se estableció el sistema de raciones, el pago de salarios, el otorgamiento de grados militares y las designaciones políticas como la concedida a Chingoleo, “Comandante de la Pampa” y a Sayhueque, “Gobernador de  de Las Manzanas. Estas prácticas políticas favorecieron la asimetría entre los caciques y su gente, contribuyendo a consolidar el poder de las jefaturas con la acumulación de riquezas y reforzándolo a través de las alianzas con el blanco.

En la medida en que se afianzó la posibilidad de avanzar sobre las tierras indígenas, los representantes de la Nación en la Patagonia, gobernadores y militares endurecieron el discurso y las prácticas. Se asiste a una verdadera paradoja: existiendo dos territorios autónomos, se intenta incorporar a los indios, cuando el territorio se unifica, comienza la política de exclusión. En tanto los indios estaban fuera de la frontera nacional, eran una entidad política reconocida como diferente y con la que se negociaba. Al incorporarlos a la nación, desaparecen como cuerpo social singular.

Precisamente, los caciques manzaneros que primero colaboraron y luego resistieron, lo hicieron a partir de un proyecto inclusivo, buscando conservar su especificidad sociocultural y aspirando a convivir dentro del mismo territorio pero con atribuciones y derechos sobre el espacio ocupado. 

Después de la derrota militar del cacique Valentín Sayhueque, a fines del siglo XIX, su pueblo comienza a sufrir un proceso caracterizado por la pérdida de sus fueros territoriales, la desaparición de su base económica, la dispersión geográfica, el sometimiento político, y la transformación del perfil de su identidad. Una parte sustancial de estos procesos fue el resultado de la interacción entre las sociedades indígenas y la sociedad global en sus diferentes niveles -nacional, regional, provincial y local- y estuvo determinada por las políticas del mundo blanco en las dimensiones económica, migratoria, cultural e ideológica.  

En el siglo XX, la tríada “progresista” inmigración, tierra y capital puso en competencia dentro de un mismo territorio a dos sociedades provistas de desiguales saberes para desenvolverse en el nuevo esquema político, jurídico y económico, y ofreció desiguales posibilidades de acceso a los beneficios del progreso que ofrecía el estado liberal.

Explotación vicarial: Formas de explotación que solo resultan viables en virtud de las diferencias culturales y de la posición oprimida de las culturas indígenas.  Los sectores de la sociedad nacional que hacen uso de ellas y se benefician en primera instancia de sus frutos no son representativos del sistema económico dominante, llegando a clasificarlos de marginales (1970)

Control vicarial: control que las clases dirigentes ejercían sobre los territorios que se encontraban fuera de las lineas de fronteras internas a traves de un sistema de tratados y raciones que incorporaba incluso con grados militares a los “indios amigos” quienes detentaban el real poder sobre el territorio.

 

Bibliografía

Argentina. Honorable Congreso de la Nación. Diario de Sesiones, Cámara de Diputados y Cámara de Senadores. Buenos Aires. 

Augustas, F. J. de, [1910] 1991, Lecturas Araucanas.

Boschín, M. T. y Slavsky, L. 2000 La Saga de los Sayhueque: legislación y mecanismos de acceso y despojo de tierras. Desde la Ley 3814 de 1899 hasta la Constitución Nacional de 1994. XII Congreso Internacional de Derecho Consuetudinario y Pluralismo Legal. Marzo 2000. En prensa. 

Cardoso de Oliveira, R. 1992 Etnicidad y estructura social. CIESAS. México.

Casamiquela, R. M., s/f, El linaje de los Llanquetruz. Confirmación genealógica de la presencia –en época histórica- del sustrato pantehuelche en el área pampeana. MS.

Claraz, J. [1865-1866] 1988 Diario de viaje de exploración al Chubut, 1865-1866. Marymar. Buenos Aires.

Hux, M. 1991 Caciques Huilliches y Salineros. Marymar. Buenos Aires.

Levaggi, A. 1998 Los tratados con los indios en la Argentina. Seminario Derecho Indígena Comparado. Ministerio de Justicia. Buenos Aires. 

Musters, G. Ch. [1869-70] 1964 Vida entre los Patagones. Solar/Hachette. Buenos Aires.

Slavsky,  L.,  1991 Indigenismo y política indigenista en la Argentina.  Informe PIA 0028/89. CONICET. Buenos Aires. MS.

Vezub, J. E. 2000 “Entre el acuerdo y la guerra: la política indígena en los toldos del Caleufu (1863-1885)”. R. M. Casamiquela y M. T. Boschín, eds. Patagonia 13000 años de Historia. Buenos Aires. En prensa.

Villar, D. 1998 “Ni salvajes ni aturdidos. La guerra de los indios comarcanos (y extracomarcanos) contra la vanguardia de Pincheira, a través del Diario del Cantón de Bahía Blanca”. D. Villar, J. F. Jiménez y S. Ratto. Relaciones interétnicas en el Sur bonaerense 1810-1830, IEHS, Tandil.

Villarino, B. [1782] 1972 Diario de la navegación emprendida en 1781 desde el río Negro, para reconocer la Bahía de Todos los Santos, las Islas del Buen Suceso, y desagüe del río Colorado. Pedro de Angelis, ed. Colección de Obras y Documentos relativos a la historia antigua y moderna de las provincias del Río de la Plata. T. VIII. Vol. B. Plus Ultra. Buenos Aires.

Villegas, C. [1881] 1977 Expedición al Gran Lago Nahuel Huapí en el año 1881; Partes y documentos relativos. Eudeba, Buenos Aires.

 


NOTAS:


* Universidad de Buenos Aires–Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas de la República Argentina.

** Instituto Nacional de Antropología y Pensamiento Latinoamericano–Secretaría de Cultura y Medios de Comunicación, Presidencia de la Nación.

[1] Fecha de nacimiento calculada sobre la edad que tenía su hijo Valentín al morir en el año 1903. 

[2] SHE; documento 556, 10-05-1859. 

[3] Valentín y Chingoleo eran primos, por lo tanto sus padres Chocorí y Cheuqueta fueron, primos, hermanos o cuñados.

[4] Cámara de Apelaciones en lo Civil, Circunscripción Judicial, NO del Chubut, Esquel; Expediente 2595, año 1942.

[5] SHE, Doc. N° 556

[6] AGN, Sala VII, 7-5-3, F 490-1

[7] Archivo del General Mitre, T. XXIV:100-102, 13-04-1863

[8] AGN; Sala VII, 7-5-3, F 296-1

[9] AGN, Sala VII, 7-5-3, F 371-1

[10] AGN, Sala VII, 7-5-3, F 384-1

[11] AGN; Sala VII, 7-5-3, F 387-1

[12] AGN; Sala VII, 7-5-3, F 419-2

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 Dra. Teodora ZAMUDIO