La leyenda de Quetzalcoatl. Diego Rivera. Palacio Nacional México D.F.

       
 


       por Dra. Teodora ZAMUDIO

  

Nacionalismo e Identidad

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Debate N° 61

Diego Martin de Utreras y Selva Alegre

Fuente: Ecuador Debate http://www.dlh.lahora.com.ec/paginas

El resultado ha sido que en el "río revuelto de la transición", de las ambigüedades de la Constitución con la calificación de comunidades "históricas" y "no históricas" y de las diferentes estrategias en la configuración de los diversos Estatutos de Autonomía, algunas Comunidades Autónomas han apurado más que otras el autogobierno. En unos casos, como el del País Vasco, apoyándose en el chantaje de la violencia política y en el victimismo político han obtenido antes y con mayores ventajas la transferencia de competencias de autogobierno. En otros, como Cataluña, esto ha sucedido a base de presión política sobre el gobierno central en momentos de debilidad política de éste por la falta de mayorías absolutas en el Ejecutivo. Los primeros han reivindicado el "ámbito vasco de decisión para la construcción nacional", incomprensible en un contexto estatal como es en el que están, dado que por principio sobre la estructura y composición del Estado, deben opinar todas las partes constitutivas del Estado. Los segundos reclamando a Madrid un mayor reconocimiento ventajoso y oportunista del "hecho diferencial catalán", como si el resto de los territorios y pueblos del Estado no tuvieran igualmente su propio "hecho diferencial". Lo cierto es que en todas las regiones del Estado Autonómico se ha impulsado la publicación de historias regionales y estudios sobre las culturas locales como soporte de la identidad cultural y política de los diferentes territorios.

Dicho de otra forma, se podría añadir que la experiencia de los más de veinte años de Autonomías en España demuestra que aquellas Comunidades Autónomas que han mostrado una identidad cultural y política compacta frente al resto del Estado han obtenido crecientes cotas de autogobierno, con mayor antelación. Por el contrario, las Comunidades, aparentemente, al menos, más frágiles desde el punto de vista de la identidad cultural o, al menos, de su expresión política, se han arrastrado penosamente en la periferia del Estado Autonómico durante muchos años.

Indudablemente, la cultura, la historia y el patrimonio cultural de un grupo humano y de un territorio son los factores principales que sirven como soporte de la identidad cultural, y en esto aciertan tanto nacionalistas separatistas como regionalistas constitucionalistas. Las identidades colectivas, y ese es el caso de la identidad cultural y de su dimensión política, forman parte del entramado social de una colectividad determinada y constituyen el trasfondo reticular que articula a cualquier grupo humano. Vale recordar de paso que todo grupo humano tiene su cultura, su patrimonio cultural en el cual se reconoce como colectividad, tanto si es muy exclusivo como si es muy compartido con otros grupos en alguno de sus rasgos.

Pero el discurso del nacionalismo, desde el punto de vista de la Antropología Social, encierra varios errores o fraudes intelectuales que se comentan a continuación. El primer error del nacionalismo está en suponer que la cultura local (regional o nacional) es homogénea internamente y que siempre permanece idéntica a sí misma, estática e inmóvil. Con otras palabras, el primer error antropológico del nacionalismo está en apoyar sus reivindicaciones en un concepto equivocado de cultura, consistente en no aceptar la diversidad cultural interna y el carácter dinámico y procesual de las culturas. Digámoslo en pocas palabras, todas las culturas son mestizas, incluidas aquellas en las que se sustentan los nacionalismos. El error inicial del nacionalismo está en no aceptar, en suma, la evidencia del cambio cultural, producido tanto por procesos internos como por influencias externas. La consecuencia de esta no aceptación de la diversidad interna en la sociedad vasca, por ejemplo, está siendo negar el pan y la sal a los miembros de esa sociedad que no practican con suficiente entusiasmo los rasgos de la llamada "cultura vasca", bastante difusos por cierto al compararla con las culturas de los pueblos del norte de España, si se exceptúa el caso de la lengua y algunas costumbres locales, o no comparten el proyecto político de los vascos nacionalistas.

El segundo error del nacionalismo, consecuencia de lo anterior, está en suponer que sólo la cultura tradicional es el soporte de la identidad cultural. Olvidan que la cultura de un grupo humano, su patrimonio cultural, aquello que cada grupo humano considera como "propio" no es sólo su pasado sino también las formas de vida del presente, y que la identidad cultural es el resultado de ambos procesos, del pasado y del presente. Olvidan, en fin, que en la cultura, en ese "todo complejo" del que hablaba Tylor y una gran parte de antropólogos hasta nuestros días, hay elementos tradicionales y elementos innovadores, y que los elementos de la cultura tradicional de un grupo humano son sólo una parte, un fragmento de la cultura en las sociedades modernas, no la más determinante de su presente. Esta visión estática de la cultura y restringida a la tradición es un error del nacionalismo que tiene, posiblemente, sus raíces latentes en una manera bastante confusa de entender la mitología bíblica del "pueblo elegido" y la concepción marxista del "pueblo oprimido", consideradas como entidades fijas y estables en el tiempo. Se trata de una visión esencialista de los conceptos de pueblo y de cultura, completamente superados en la moderna Antropología Social.

Es evidente sin embargo, que ambos conceptos de carácter ideológico y significativo tienen una virtualidad social y política en la medida de que por ellos hay un pequeño grupo de personas dispuestas a matar y otro grupo de personas más amplio que están dispuestas a excluir y expulsar a la mitad de los miembros de su sociedad, es decir, a los no nacionalistas. Es evidente que no hay que ser muy agudo para pensar en los componentes fascistas de estas posiciones.

El tercer error, también consecuencia de los dos anteriores, es no aceptar la evidencia de que la identidad cultural es un proceso de construcción que con diferentes elementos simbólicos, cognitivos, objetuales y comportamentales de una determinada colectividad, se va configurando históricamente. Así sucede porque la cultura es una suerte de bricolage, como diría el antropólogo francés Claude Lévi-Strauss, una especie de puzzle, añadiríamos, que se va componiendo a lo largo de la historia de un  grupo humano. Por todo ello, la exclusión o expulsión de la mitad de la población de vascos que no comparten las tesis políticas del nacionalismo, moderado o radical, carece de sentido no sólo desde el punto de vista de la ética y de la práctica política democrática, sino también desde el punto de vista de la Antropología Social. Quizá convendría que nacionalistas vascos, catalanes y gallegos que profesan un rechazo visceral a España como Estado- nación, del cual, se han beneficiado en la transición, y que mantienen una fe ciega en el Estado y en sus propios proyectos estatales, bastante incomprensible en tiempos de globalización y mundialización y de creación de unidades supranacionales como la Unión Europa, pensaran un poco en estos errores antropológicos de sus reivindicaciones. Así debían hacerlo antes de valorar la oportunidad política del soberanismo para la paz social, antes de calcular las ventajas o desventajas de la independencia para sus respectivas economías regionales o, incluso, antes de resolver los dilemas morales en los que están atrapados, a mitad de camino entre los derechos humanos, entendidos de una forma bastante peregrina, y el asesinato político. Ante esto, en razón de una ética política básica, los partidos nacionalistas no pueden, ni mirar para otro lado, ni rentabilizar políticamente las ventajas que se podrían derivar del crimen.

Indudablemente el discurso sobre la identidad suele apoyarse en la cultura tradicional. Y es claro, después de lo dicho, que la estrategia política del nacionalismo se basa, desde el punto de vista antropológico, en los errores y confusiones señalados. La argumentación suele ser ésta: "como tenemos una lengua y una cultura tradicional propia, tenemos una identidad cultural diferenciada, y tenemos derecho a...mayores cotas de autogobierno que el resto de los españoles (sic CIU), o tenemos derecho a... Estado propio (sic, PNV, EA, HB, ERC). Ante esto, es evidente que va a ser difícil que el resto de los pueblos de España sigan aceptando este juego del nacionalismo.

La identidad colectiva, y de modo especial la identidad cultural, no es una "foto fija" de un conglomerado social por más primigenio, ancestral o histórico que sea. No es un haz de contenidos firmes y estables que permiten a cada generación mirarse en el espejo de su propia cultura indefinidamente. Por eso, afirmamos que uno de los puntos de apoyo del nacionalismo, especialmente del vasco, es erróneo porque no toma en consideración la dinámica social. Reivindicar la nación y el estado basándose en una historia prístina común, además de retórico, es estar de espaldas a la evolución y al pluralismo de la propia sociedad vasca.

Por el contrario, con otras palabras, vale recordar que todas las culturas son mestizas porque están sometidas a constantes procesos de transformación y cambio por efecto de múltiples factores internos y externos. Como se acaba de sugerir, algunas Autonomías del Estado español, las llamadas enfáticamente "históricas", han utilizado con habilidad y éxito la "foto fija" de su pasado histórico, de su cultura tradicional o de su lengua autóctona para reivindicar formas preferenciales de autogobierno y para adquirir privilegios. Pero la "foto fija" de la cultura nada tiene que ver con la realidad de la dinámica social y con la evidencia empírica de los cambios culturales permanentes. Las culturas, afirmémoslo una vez más, no son homogéneas y simples, sino mestizas y complejas. Por eso, la ecuación del nacionalismo "somos un pueblo, tenemos una cultura y una lengua, somos una nación y, por tanto, queremos un estado" manifiesta una gran debilidad desde el punto de vista antropológico. Sencillamente porque la cultura no es un argumento para la reivindicación del Estado. El Estado puede ser reivindicado por razones políticas como ha afirmado Habermas, y esto sólo en contextos políticos de discriminación de una de las partes respecto a las demás unidades del Estado, pero no por razón de la cultura que siempre es mestiza. La tesis del nacionalismo una cultura - un estado no sólo carece de base empírica en las sociedades actuales, sino que se presenta como absurda e irracional en cuanto proyecto político. Es evidente que el nacionalismo ha sido posible, en este punto, debido a un uso esencialista del concepto de cultura y a una reificación, cuasi mística, del concepto de pueblo, como se ha indicado más arriba, ambos muy alejados de los planteamientos de la Antropología Social actual. Vale recordar, que alguna responsabilidad tienen en ello, no sólo los partidos nacionalistas que han alimentado este desvarío, sino también la Antropología vasca en la que se han apoyado, que ha sido incapaz de cuestionarlo.

Lo cierto es que la llamada cultura nacional española dominante en el Estado, y las diferentes culturas, regionales para unos, y nacionales para el nacionalismo, vasco, catalán y gallego, están sobre el tapete en el primer plano del debate político, con más virulencia actualmente, si cabe, que en el momento de la transición política. Con otras palabras, la cultura, entendida como el conjunto de formas de vida que caracteriza a un determinado grupo humano y lo distingue de otros, aparece de nuevo como el entramado de fondo de la identidad colectiva y como el soporte principal de la dimensión política de aquélla.

Las identidades colectivas en este contexto del Estado de las Autonomías, en su modalidad de identidad cultural y en la dimensión política de la misma, ha tenido, por tanto, versiones diferentes según las distintas regiones de España. En unas comunidades, especialmente las llamadas "históricas" por la Constitución, tanto la conciencia de identidad cultural de la población como los factores activadores de la misma y de su dimensión política han sido especialmente contundentes, como en el País Vasco y Cataluña. Por el contrario, en las denominadas comunidades "no históricas" ambos procesos han sido más débiles, como ha sucedido en Murcia y Cantabria.

En consecuencia, los riesgos de crisis del modelo de Estado Autonómico no son pocos, sobre todo, a partir de la deriva soberanista del nacionalismo vasco, gestada desde hace tiempo, aunque explicitada en los últimos meses, y del independentismo catalán de Izquierda Republicana de Cataluña apoyado incomprensiblemente por partidos constitucionalistas.

Lo cierto es que la llamada modélica transición política española de la dictadura a la democracia y al Estado de Derecho, aparece cada día desdibujada por lo que unos llaman judicialización de la política y  otros, politización de la justicia; unos fractura social y riesgo de confrontación civil, y otros democracia de baja intensidad. Sea como fuere, lo cierto es que muchos ciudadanos tienen cada vez más la impresión de que aquí, léase Estado de las Autonomías, nada está atado definitivamente ni mal ni bien, aunque los ciudadanos desearan que así fuera por el mantenimiento de la paz social.

En un contexto social caracterizado por la globalización de las comunicaciones, la mundialización de la economía y la internacionalización de los diferentes procesos sociales, políticos, culturales e, incluso, militares, se impone abordar las identidades colectivas y, especialmente, la identidad cultural de una forma nueva que asuma el carácter multicultural de la sociedad española.

Uno de esos procesos sociales, por señalar un ejemplo, la inmigración, es especialmente importante a la hora de abordar la cuestión de la identidad cultural. Con la llegada de poblaciones inmigrantes tan diversas culturalmente y de orígenes geográficos tan distintos como Ecuador, Senegal o Rumanía, por poner sólo tres ejemplos extremos, no sólo por la presión de los propios migrantes pobres sino también por las necesidades de mano de obra de la economía nacional, resulta evidente que la sociedad española se ve impelida a tomar, al menos, dos decisiones básicas. La primera es realizar una reflexión sobre el pluralismo, las desigualdades sociales y la nueva diversidad cultural que se incrementa con la llegada de los inmigrantes. La segunda es aceptar y asumir esa nueva diversidad cultural e impulsar procesos de integración y de activación de las relaciones interculturales en beneficio de todos en el marco de los derechos humanos.

No es cierto, como algunos piensan, al contemplar la dramática experiencia vasca, que la identidad cultural y la conciencia de identidad sean un factor de exclusión social que deba liquidarse en las sociedades modernas. Así puede suceder cuando la conciencia de identidad se llena de componentes mitológicos, místicos y mesiánicos sobre los conceptos de pueblo, nación o cultura, y cuando éstos se sacralizan y se ponen por encima de la ética política y de los derechos humanos. Pero no tiene por qué suceder así necesariamente. La identidad cultural es la respuesta a la pregunta "quienes somos" como grupo humano. Saber responder a esto es tan importante como responder a la pregunta sobre la identidad individual. Saber responder a la pregunta sobre "quiénes somos frente a los otros" es el origen del relativismo sobre la propia cultura y la base de la crítica cultural y, en consecuencia, de la aceptación de las diferencias y de la convivencia social.

La cultura, como sugeríamos anteriormente, debe ser entendida en toda su complejidad y puede ser definida principalmente como la organización social de las diversas formas de vida de los grupos humanos, es decir, como organización de la diversidad cultural. Lo que viene a significar que no sólo son diferentes los distintos grupos humanos entre sí, sino que también hay diferencias, diversidad, dentro de los propios grupos humanos. Como ya se ha indicado, no debe, desde estas posiciones, considerarse más la homogeneidad como caracterizador de la cultura. Tal homogeneidad es algo expresado por los propios miembros de los grupos humanos cuando miran hacia afuera, pero esa misma homogeneidad se representa como diversidad cuando estos miembros actúan y se comportan dentro de su cultura. Ambos aspectos forman parte de la cultura, la representación homogénea sobre la propia cultura que muchas veces es expresada por los miembros de la misma y el reconocimiento de la diversidad que se manifiesta en las diferentes maneras de comportarse.

Así que el argumento de la historia y la cultura común como soporte de la identidad, incluso de la identidad política, revelan una gran fragilidad cuando se contrastan con la dinámica social y los cambios diversos que acontecen permanentemente en todas las culturas. Por eso, la recurrencia a la "foto fija" del pasado cultural y a la existencia de constantes culturales en un determinado grupo humano, provincia, región, comunidad o nacionalidad para formular reivindicaciones políticas, revela una visión esencialista de la cultura muy alejada de la perspectiva procesual de la Antropología, y tiene las características de una construcción social y de una estrategia política en el contexto de las relaciones de poder frente a otros grupos en juego. Por eso, sobre las funciones sociales y sobre el carácter de estrategia política de la identidad cultural frente al poder central y frente al resto de las regiones o autonomías habrá que seguir hablando en España. Pues, la pregunta clave, que nadie acaba de responder con claridad, es ¿quién está en el negocio del nacionalismo?.

Alguien debe responder a esta pregunta, porque resulta bastante incomprensible que en una sociedad democrática, con estabilidad económica; en un estado de derecho y en un régimen de libertades y de autogobierno, y en el contexto de una entidad supranacional como la Unión Europea, haya individuos dispuestos a todo y grupos políticos dispuestos a apoyarlos y a arrastrar con ellos a todo un país en sus ensoñaciones de construir su propio Estado. Este nacionalismo no es ni progresista ni de izquierdas, es reaccionario y fascista.

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