La leyenda de Quetzalcoatl. Diego Rivera. Palacio Nacional México D.F.

       
 


       por Dra. Teodora ZAMUDIO

  

Tarjeta de trashumante

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La deuda pendiente en la agenda del MERCOSUR*

Autora: Ana María Spadafora*

 

En principio quiero agradecer la oportunidad de compartir este espacio a mis colegas sociólogos que me han invitado. Quiero señalar la importancia que supone para mí, una investigadora en ciencias  antropológicas, participar de una jornada destinada a acrecentar la eficiencia parlamentaria y por tanto, a articular las propuestas académicas y de investigación con las propuestas políticas diluyendo la falsa oposición entre el pensamiento –que supone la investigación básica- y la praxis –que supone la participación política-. Una dicotomía que no tiene sustento alguno dado que una y otra se encuentran estrechamente entrelazadas en la medida que toda práctica académica tiene consecuencias políticas y toda práctica política conlleva presupuestos ideológicos, más allá de que unos y otros sean o no explicitados.

Nuestra exposición se centra en un caso particular que servirá como eje disparador para pensar las reglamentaciones institucionales de los Estados nacionales que integran la región y por tanto, la situación regional. No voy a referirme entonces, a los avances realizados en el plano regional respecto a la inclusión de la “cuestión social” sino a lo que considero que mi perspectiva como antropóloga puede aportar y que refiere al intento de dar cuenta de “ese otro lado del espejo” sobre el que se esgrimen las “agendas institucionales”, incluidas el MERCOSUR y hasta que punto éstas suelen repercutir (o no) en el imaginario de las poblaciones sobre las que intentan diagramar nuevas conformaciones sociopolíticas de las cuales la “integración regional” es una de sus expresiones. Teniendo en cuenta estas consideraciones, el título de mi presentación  –“Tarjeta de Trashumante: la deuda pendiente del MERCOSUR”-  alude a  lo que podríamos denominar como la disparidad  entre las agendas políticas nacionales y regionales y buena parte de los habitantes de la región. Me refiero expresamente a las poblaciones nativas –sean indígenas, mestizas o campesinas- que componen nuestros territorios nacionales/regionales  y que constituyen el mayor desafío en la elaboración de una agenda regional que, intente incluir de una manera efectiva y eficaz la “cuestión social”, la que además de un interés meramente humanitario, redundará en beneficios económicos claves para la región. Me toca a mí entonces traer sobre tablas los desafíos que plantea esta problemática que juzgo tan urgente como soslayada.

Para ello, elegí tomar la trayectoria individual de un indígena paraguayo que puede servirnos a la reflexión sobre aspectos que hacen a las concepciones teóricas e ideológicas sobre las que se cimientan las agendas político-institucionales. La deliberada intención de realizar esta presentación desde la perspectiva de esos otros rostros destinatarios de los acuerdos, se debe a que son ellos quienes están sumidos en lógicas político institucionales tan ajenas como definitorias a la hora de perfilar sus trayectorias personales y por tanto, su existencia como colectivos sociales.

La historia de OGWA –cuya traducción significa “riacho adonde van a beber las tortugas”-, es la historia de un nativo perteneciente a una de las 13 etnías que integran el  actual Paraguay denominada chamacoco por los blancos y autodenominados asi mismos ishir. Hasta aproximadamente los 12 años de edad, OGWA vivió bajo el antiguo patrón de vida transhumante, moviéndose entre la selva y la costa del Río Paraguay, casi en la triple frontera entre “su” país, Brasil y Bolivia por donde desde pequeño transitó largamente en las migraciones estacionales en busca de alimentos, encuentros festivos, guerreros y de negociaciones comerciales con sus vecinos étnicos repartidos y circulando entre tres de los países que integran nuestra región.  En efecto, los ishir, desde tiempos inmemoriales también “negociaban” propuestas de integración e intercambio con sus vecinos étnicos, entre ellos, los caduveo –situados en la costa este del río, sobre lo que hoy es Brasil- y sus parientes lingüísticos, los ayoreo –que aún hoy se mantienen deliberadamente en aislamiento oscilando entre las fronteras de Paraguay y Bolivia- cuando no de los quechua de Bolivia, con quienes negociaban el intercambio de pieles de yaguar por alimentos.  Estos intercambios, los llevaban a recorrer extensos territorios según un patrón de vida nómada que alternaba según los ciclos estacionales.  Los recorridos realizados por las “bandas” –que no eran más que grupos de familias extensas- nunca fueron definidos en términos de fronteras nacionales sino de fronteras étnicas. Al respecto OGWA me señalaba:“Un mes de camino a eso que dicen Bolivia,  día y noche, con mis abuelos” y  -en referencia a una importante inundación que a mediados de los 80 permitió, como tantas otras veces, “la violación de las fronteras étnicas” por parte de los caduveo –sus vecinos étnicos “brasileños”- que invadieron tierras chamacoco con el fin de hacerse de jóvenes mujeres para integrarlas en matrimonio- me señaló: “cuando la inundación, los “brasileros” se robaron a mis tres hijas”.  Luego de diversos avatares, como muchos otros nativos y mestizos de la región, OGWA migró a las inmediaciones de Asunción en busca de sustento, hoy día limitado por las privatizaciones y degradaciones de las tierras tradicionales. En efecto, a diferencia de sus homólogos argentinos, los nativos del Chaco Paraguayo fueron incorporados más recientemente al ámbito nacional: primero la Guerra del Chaco entre Paraguay y Bolivia (1932 – 1935) y luego la acción devastadora de las empresas tanineras y madereras instaladas en la región desde 1950, terminaron por reconfigurar la vida de las poblaciones tradicionales cuyo 40 % aún se concentra en la región. Ello llevó a un lento y sistemático proceso de una “(des)integración” dispar y compleja con diversos actores de la sociedad blanca según los intereses comerciales que deparaban los territorios  y que tuvo como consecuencia la lenta y desigual fractura de las comunidades nativas del Chaco. Aún hoy, las palmas que  iluminan las calles de los barrios de Buenos Aires, han sido recolectadas por los chamacoco. A cambio de la nueva situación, los indígenas recibieron bonos de comida para trocar  en el almacén de la empresa contratista y abundante alcohol. Con posterioridad a la década de los 50, la degradación y ocupación del territorio en pro de los empresarios aventurados en la región,  obligó primero a desplazarse hacia otros lugares y luego a una migración forzosa como consecuencia de la ocupación de tierras y  la importante baja de los recursos naturales.

Hoy OGWA alterna entre una indigna vida en Asunción –donde convive hacinado con sus “hijos reales” y adoptivos cuyos padres han muerto ha causa de las enfermedades- y la comunidad situada en el Alto Paraguay. Como último regalo, el contacto sistemático con el blanco le dejó una ceguera progresiva que poco a poco le devora la vista, de la que solo conserva el 33 % en un solo ojo. Aún así, y luego de un largo alcoholismo que le permitía huir de los sinsabores vividos, OGWA encontró en la pintura una nueva esperanza para sobrevivir a la desidia por la que atraviesan buena parte de los nativos de la región transformándose en el primer artista figurativo de la etnia: los relatos míticos –entendidos como reelaboraciones de la historia propios de las sociedades ágrafas- que signaron la mente de su infancia y sus ancestros, junto con las escenas y recuerdos de la vida cotidiana, se transformaron en la temática central del autor. Si bien sus pinturas –premiadas, vendidas en Europa y Buenos Aires y compradas por sendos coleccionistas de arte- no le permitieron mejorar su calidad de vida, sí le posibilitaron recobrar la dignidad perdida, reelaborar su situación actual y reflexionar acerca del futuro de sus hijos y la etnia. Hoy se encuentra en ese difícil estado definible –parafraseando el libro de Roberto Cossa-  “Gris de Ausencia”, alternando entre la comunidad y los alrededores de Asunción y observando cómo, poco a poco, sus propios hijos se hunden en un futuro poco prometedor cuyas estimaciones mas pesimistas alcanzan un total de 200 sobrevivientes de la etnia contra los 1000 registrados en la década del 50.  

En efecto, el único hijo que siguió con ímpetu sus pasos de pintor, fue muerto hace dos años en Asunción por parte de una banda de asaltantes que reclutaba indígenas para efectuar robos.  El resto de ellos, sumidos en la ignorancia y criados fuera de la comunidad, reniegan de las costumbres de sus padres, a quienes observan con “ojos de blancos” aún cuando solo hablan chamacoco y guaraní y no han logrado integrarse a la sociedad paraguaya más allá de las series de televisión norteamericana. Su único hijo mayor Win, Claudelino en cristiano, se hace llamar Mc Lau –en honor al personaje de Highlander y es común encontrar nombres como Frennys en “honor a las papas fritas del Mc Donald” entre niños nacidos fuera de la comunidad. Con dolor de padre, OGWA señala que se niegan a comer la comida preparada en la casa por Whésta, su madre, a quien el mismo OGWA define como “muy indígena” y cuya muerte del hijo pintor, la obliga a un luto permanente y depresión que la lleva a la muerte, acorde a los principios de una tradición que entiende que los padres no pueden ni deben sobrevivir a los hijos.

Su segunda visita a Buenos Aires a lo largo del mes pasado, en la que actué de anfitriona y curadora de su muestra en un museo de esta capital, abrieron nuevamente sus ojos a otro mundo comenzando  a preguntarse críticamente sobre su propia historia. Los “papeles de los blancos” –firmas, documentos, etc.- necesarios para realizar la muestra en el Museo, se transformaron en el ápice de esa reflexión y uno de los tantos días en que le pedí el documento, me exhibió una improvisada tarjeta donde decía “el señor OGWA tiene autorización para cruzar la frontera entre Paraguay y Brasil en calidad de consejero”. Recién cuando le pregunté por el papel con el que había ingresado a la Argentina, me entregó la cédula paraguaya. Sorprendido por la importancia que yo asignaba a ese papel sobre el otro, me preguntó: “Hija,  por qué en ese papel dice que mi nombre es “Flores” y mi apellido “Balbuena” si yo me llamó OGWA”.   Su legítima demanda a una explicación (de lo que bien podría denominarse como una violación al derecho de identidad) era algo difícil de explicar para quien llegó y se fue de Buenos Aires convencido de que estaba en Europa. En efecto, sus días en nuestra metrópoli transcurrieron observando libros de niños –donde aprendió de la existencia de caballos de cuello largo -en referencia a las jirafas- y en el zoológico de Buenos Aires –equiparable en su perspectiva para lo que nosotros sería un campo de concentración- descubrió el camello cuyas jorobas con agua podrían haber sido un buen sustento de agua frente a la sequedad del Chaco. Ante sus inquietudes,  le proporcioné un atlas mundial y sobre un generoso mapa de América Latina le expliqué que en los inmensos territorios que habitaban y recorrían los chamacoco hoy existen “estados” y que esos “estados” son límites políticos entre “países”. Diagramé sobre el mapa su recorrido de infancia entre Paraguay y Bolivia y su recorrido actual entre Asunción y Buenos Aires. Absortó, aunque poco convencido, me señaló: “así que esta es la cosmología de los blancos” aludiendo a las taxonomías que articulan nuestro mundo, diametralmente opuestas a las de él cuyas divisiones entre los mundos del arriba y el abajo diagraman aún la vida social de los ishir.  La reflexión de OGWA daba en la tecla, después de todo, las fronteras de los estados nacionales no son más que una manera particular de ver las cosas, una mitología –tan artificiosa y real como la de los ishir- en las que nuestros trazos geométricos sobre el espacio dejan entrever formas de clasificar el mundo que traducen ideologías. Para el  caso –el mapa de los estados nacionales o la cosmología sociopolítica occidental- son, después de todo,  el resultado de procesos históricos recientes que responden a dinámicas políticas específicas y que hemos naturalizado como objetivas y universales.

Los “papeles de los blancos” también generaron en mí una reflexión que aquí vengo a compartir. En efecto, para la antropología la importante presencia en nuestros estados y nuestra región de  población nativa con modos de vida centrados en la trashumancia  es hoy concebida bajo la categoría de "minorías transnacionales", pese a su existencia anterior a la conformación de los estados nación. El análisis de OGWA, sumado al background de la antropología, constituye una temática clave a los efectos de reflexionar sobre el MERCOSUR dado que replica en problemáticas centrales como son las de la articulación entre fronteras políticas y étnicas –cuyos reconocimientos legales a la doble ciudadanía bajo la invocación del respeto a las diferencias-, no parecen dar el paso decisivo entre la  mera retórica a su puesta en práctica efectiva. En efecto, las “cuestiones pendientes en la agenda del MERCOSUR” pueden interpretarse entonces, como una mera continuidad con las políticas nacionales e internacionales en la temática dado que, al menos en un plano general, todas comparten el hecho de haber avanzado en el reconocimiento cultural –tal como demuestran las distintas enmiendas constitucionales referidas a las poblaciones nativas de los países que integran la región y a la inclusión de las distintas propuestas sobre “la cuestión social” en la agenda política del MERCOSUR - pero que, al igual que los reconocimientos logrados en la arena internacional, siguen siendo “letra muerta” frente a una realidad distante de registrar  los avances legales e institucionales logrados.

Pero la trayectoria de las poblaciones nativas y en este caso la de OGWA, no es  demasiado distinta a otras trayectorias no necesariamente nativas pero en las que la migración y la demanda de papeles constituyen límites objetivos a la integración equitativa de la diversidad sociocultural de nuestros países, como señalan, por ejemplo, las dificultades y condiciones en que viven buena parte de los migrantes paraguayos y bolivianos que habitan el conurbano bonaerense sujetos a la ilegalidad, la violación de sus derechos y la pobreza y cuyas trayectorias personales también dejan entrever los signos de la incomprensión y la indiferencia, a veces hasta limites inaceptables.

Sin embargo, entre todos esos rostros, son las poblaciones nativas las que se llevan el “premio a la indignidad” registrándose entre los niveles mas altos de pobreza en América Latina y el mismísimo Banco Mundial ha reconocido que en América  Latina existe una triste correlación entre pobreza y origen étnico. A pesar de ello, muchas de ellas siguen ubicadas en zonas estratégicas desde el punto de la biodiversidad y aún cuando han migrado, sus conocimientos sobre el medio ambiente siguen siendo valiosas fuentes de enriquecimiento para la floreciente industria farmacéutica, liderada por empresas transnacionales que suelen patentar el 99% de sus medicamentos en EE.UU. y Japón. Amén de violar el “reparto equitativo de beneficios” establecido por el artículo 8 inciso J. Convenio de Diversidad Biológica (1992), tal situación, muestra a las claras dos cuestiones: en primer lugar, que las poblaciones tradicionales a pesar de detentar el conocimiento estratégico sobre la biodiversidad, se ubican entre los grupos más pobres de América Latina, un problema no solo “ecológico” sino político en un mundo donde la declinación de la biodiversidad se ha vuelto una problemática económica clave.

En segundo lugar, que nuestros países, particularmente Brasil –uno de los que concentra mayor megabiodiveridad a nivel planetario- junto con la Argentina y Paraguay[1] –cuya región del Chaco es la segunda después del Amazonas en riquezas en América Latina- se han transformado en un verdadero proveedor de conocimiento de los países centrales sin por ello recibir compensación alguna y por cómo se viene desarrollando el 5 Encuentro de la OMC en Cancún, tampoco parece haberse logrado acuerdos significativos[2].

Es por eso que la inclusión en la agenda regional de la cuestión cultural no solo remite a su valor simbólico –denominado como “diversidad cultural”- sino a aspectos bien relevantes en lo que refiere al porvenir de  nuestras economías y poblaciones.

A pesar de ello, la cuestión social y particularmente, la relevancia de las poblaciones nativas en la agenda nacional y regional, aún cuando ha hecho fuertes avances –como demuestran las reformas constitucionales de los países latinoamericanos como producto de las presiones en los foros internacionales-, éstos no se han traducido en una práctica de inclusión real de la problemática en las distintas agendas políticas.

Más tardíamente la alianza del MERCOSUR, si bien desde sus inicios, ha registrado cambios relevantes en la inclusión de la cuestión cultural,  su propia sigla -“mercado común del sur”- delata el eje político desde el cual se estructuró al hacer hincapié en los aspectos económicos y políticos de la integración interestatal en detrimento de los aspectos culturales. Sin embargo, para ello, al igual que en las “gestas nacionales”, la alianza del MERCOSUR necesitó apelar a las diversas retóricas históricas que permitieran fundamentar la existencia inmemorial de una “comunidad imaginada” y por tanto, la continuidad histórica de una relación horizontal y homogénea entre sus miembros de pertenencia, que para el caso, se resolvió apelando a los intentos anteriores de integración regional realizadas desde el ámbito latinoamericano.

Y esto que ocurrió con el MERCOSUR tiene paralelos con una constatación vertebral en pos de una verdadera integración cultural de la región: esto es, el hecho de que pensar la presencia de las diferencias culturales al interior de la región no puede ni debe deslindarse del marco institucional desde el cual son legitimadas o no al interior de los estados nacionales que la integran. Tal constatación, nos invita a reflexionar sobre cómo se articulan las distintas formas de organización y negociación sociopolítica en determinadas circunstancias históricas, obligándonos a tomar distancia de esa “historia oficial” que dio sustento a las diversas gestas patrióticas de nuestros estados nación para iniciar una nueva lectura que permita revisar críticamente nociones claves como la de “ciudadanía” en todo lo que esconden, niegan y por tanto invisibilizan a aquellos otros rostros que, como los de OGWA,  quedaron configurados como “otros internos” a los estados nación.

Estos procesos concretos de construcción de ciudadanía al interior de los estados, no son pues ajenos a los procesos de construcción regional en tanto ambos plantean un campo de negociación política que es siempre desigual, complejo y diferenciado, involucrando diversos actores e intereses y  configurando un panorama singular y específico y por tanto, una forma de existencia de la pluralidad que siempre es producto de un proceso histórico y por tanto construido desde una perspectiva singular. Entonces, esas negociaciones políticas -entendidas como negociaciones de mismidad y diferencia- son siempre el resultado de una negociación en el que la identidad y la cultura lejos de ser el resultado de una sumatoria de rasgos entre una lengua = a un territorio = a una tradición, constituye un juego especular de límites dinámicos en el que “lo que nosotros somos” es siempre el resultado de nuestra relación con “lo que los otros son”. 

Si nos remitimos brevemente a la “gesta fundacional” del MERCOSUR, éste fue constituido como un “tratado” en el año 1991 (Tratado de Asunción, 1991) y firmado por los gobiernos de Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay. Estableció como prioridad abrir paso a un marco de “integración regional” apelando a los varios antecedentes que ya como “latinoamericanos”, ya como países como ciertas particularidades “regionales”, compartían desde siempre una identidad común. En esa reconstrucción histórica, la apelación a una “historia compartida” subsumía el papel que en ello tenían acuerdos estratégicos vinculados a las nuevas condiciones económicas mundiales que poco a poco fueron reconfigurando el papel de los estados, exigiendo programas de cooperación regional que permitieran enfrentar las ofensivas político económicas de los países desarrollados cuyas desmedidas ambiciones hoy son seriamente cuestionadas desde el interior desde donde actúan sus propios promotores.  

La relevancia de los aspectos económicos por sobre los aspectos culturales en el proceso de integración regional, puede esclarecerse también en una breve referencia a su desarrollo. Según Rubens Bayardo si bien la propuesta databa de la década de los 80 (cuando el Tratado de Montevideo de 1980 propone un acuerdo integracionista); es bajo la iniciativa de Argentina y Brasil en el año 1985 la que dio fuerza al proyecto. A mediados de la década de los 90, mas precisamente en 1995,  entraron en vigencia las primeras reglamentaciones centradas en la “libre circulación de algunos productos (sin recargo aduanero)”, la fijación de un arancel externo común, el establecimiento de controles aduaneros, fitosanitarios y migratorios únicos en el tránsito fronterizo, la libre circulación de vehículos de particulares y el reconocimiento de los títulos primarios y secundarios no técnicos.  Estas primeras medidas que, como dijimos, hacen honor a la sigla, marcarían a fuego su posterior desarrollo concentrando sus esfuerzos en propuestas centradas en la negociación económica  política como forma de solventar la ofensiva transnacional, en desmedro de los intereses directos de sus destinatarios y con un carácter particularmente poco dispuesto a reparar en las características y especificidad de los mismos así como en su potencial económico para la región. 

Son varios los autores que, desde las ciencias sociales y desde la  antropología en particular, han venido llamado la atención sobre los potenciales efectos de las políticas que, aplicadas sin más en América Latina y sesgadas por un matiz tecnocrático, entienden las medidas del  “mercado” como garantes de la “eficiencia” y por tanto, del bienestar de la sociedad. Ya en la década de los 60 Marshall Sahlins, refiriéndose a la situación de las poblaciones nativas que no comparten nuestras formas de organización sociopolítica, llamó la atención acerca de que la satisfacción de las necesidades humanas, podía lograrse por distintos caminos. Esquemáticamente, estos podrían traducirse en dos maneras francamente opuestas de lograr las metas fijadas por una sociedad  y que tienen  que ver con elecciones culturalmente digitadas y no con situaciones objetivas que operan al margen de las decisiones humanas, tal como sostienen quienes consideran el “mercado” como una especie de entidad autónoma, que fijando determinadas condiciones, es capaz de generar por sí mismo el bienestar social.

Básicamente estas podrían sintetizarse como dos tipos de “economías” opuestas en sus maneras de encarar la relación entre medios y fines.  La primera, que hace a nuestra sociedad, entiende que los medios son escasos y los fines infinitos, por lo que presupone que la única manera de satisfacer las necesidades es apostando a producir mas y mas. La segunda, postula que los medios son alternativos y los fines limitados lo que en la práctica se traducen en considerar que existen variadas formas de alcanzar los deseos y aspiraciones de una sociedad cuyos fines son siempre limitados. Aceptado este postulado, podemos concluir que las necesidades humanas no son universales y que estas pueden resolverse de diferentes maneras, aún cuando ello implique –como en el caso de los pueblos nómades- mantener un bajo nivel de vida o si se quiere, de “desarrollo” si nuestro objetivo real es obtener el bienestar de una sociedad.

Si bien tal dicotomía no agota la complejidad del problema, es lícito apelar a esta diferencia crucial que amén de implicar que no existen “fines universales” que operan al margen de la cultura, conlleva profundas implicancias prácticas en el terreno de la arena política y la sociabilidad. Y así como nuestro derecho se cierne sobre la base de derechos individuales que deben ser garantizados para toda la humanidad, la política social de muchas de nuestras poblaciones que integran el MERCOSUR está centrada mas en el derecho consuetudinario que en el cimentado desde lo institucional. Es justamente esa diferencia la que hace que “los papeles de los blancos” y, en definitiva,  la sigla del MERCOSUR sigan siendo parte de un escenario político institucional que sencillamente no tiene ningún referente en el imaginario de la sociedad local.

Aún cuando este planteo –centrado en la cultura como forma de generación de las condiciones políticas- pueda sonar utópico, lo cierto es que tiene un basamento objetivo y corroborado por fuentes etnográficas y arqueológicas[3] por lo que los prejuicios económicos y políticos sobre los que se han cimentado el imaginario político institucional acerca de nuestras poblaciones,  bien nos permiten quedarnos con una idea central: el hecho de que las culturas que habitan nuestros territorios, han sido y en muchos casos aún son, sociedades contemporáneas a nuestra existencia con mecanismos políticos y económicos “eficientes” y no como meros referentes de un pasado remoto y ancestral. Pero lo anterior no es parte de un discurso relativista centrado en la antropología, dado que tales constataciones, son hoy revalorizadas por parte de los organismos internacionales, aquejados por las frustraciones de sus distintos programas de “desarrollo” y “eficiencia productiva” en América Latina. Problemáticas claves como la de la biodiversidad -que constituyen ante todo problemas políticos de profunda estrategia económica- son reconocidas como méritos de las formas de explotación nativa de los recursos naturales cuyo uso del medioambiente no solo ha llevado a una mejor conservación, también contribuye a incrementar la biodiversidad.

Sin embargo, la “paradoja” de la situación es que a pesar de tales reconocimientos, existe una superposición casi cínica entre pobreza y pertenencia étnica dado que, a pesar de los avances legislativos e institucionales logrados, éstos no se han traducido en una mejora real de la situación actual de nuestras poblaciones, por el contrario, el escenario demuestra, una vez más, la profunda disparidad entre un discurso políticamente correcto que invoca la importancia de la diversidad cultural y la apremiante realidad de los verdaderos rostros que integran esa diversidad. 

En el terreno del MERCOSUR, tal disparidad es también parte de la cuestión dado que, la tardía apelación a la cultura en su agenda, se ha cimentado nuevamente sobre una concepción de la cultura que ha girado en torno  al desarrollo de las “industrias culturales” y la promoción de aspectos vinculados al terreno de la “educación”[4]. A estos avances –que sin duda representan saludables signos de la política regional en torno a la cultura- se suma la reciente incorporación de Perú[5] y los contactos entre los países del MERCOSUR y los países miembros de la Comunidad Andina[6], con miras a lograr una fusión de ambas organizaciones regionales bajo la expectativa de la integración Latinoamericana.

Pero en la praxis institucional cotidiana la “cultura” es reservada preferentemente al ámbito de la educación, un espacio donde justamente todavía hoy, suele ser invocada o bien en términos de una “condición reservada a unos pocos”, o bien en términos de una especie de manifiesto de “tradición” y no como lo que es: un espacio de negociación político cultural de potencial económico desde el cual se expresa una diversidad, sujeta al cambio y susceptible de generar nuevas (re)configuraciones sociopolíticas amén de las políticas de los estados y de los círculos institucionales.

Esta diferencia crucial  es común aún hoy a muchas de las poblaciones nativas que integran la región y que, tal como nos revela la historia de OGWA, siguen signando sus vidas por esos otros parámetros económicos y políticos  “alternativos”, distintos de un mundo que, signado por la pobreza y la desigualdad ha perdido la brújula de la relación entre medios y fines en la satisfacción de las necesidades humanas y, hay que reconocerlo,  la credibilidad en sus propias cosmovisiones políticas e institucionales. Al igual que OGWA debemos entonces descentrarnos de nuestra propia realidad para poder desnaturalizar el sentido de la cultura, transitando hacia ese otro lado del espejo que presupone toda identidad. Y en ese ejercicio, no solo podremos reencontrar los verdaderos rostros que integran nuestra región, sino también aquellos valores universales que, desde una integración plural, nos convocan hacia una verdadera unidad.

BIBLIOGRAFIA DE REFERENCIA

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CENTRO DE DOCUMENTACIÓN EN  POLÍTICAS SOCIALES  DOCUMENTOS/ 8 Discriminación De Extranjeros  Foro Intermunicipal Buenos Aires Sin Frontera. Secretaría de Promoción Social. 27-29 de Abril, 1998.

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SIFFREDI, Alejandra y Ana María SPADAFORA   “El bosque animado. Naturaleza, Sociedad y Conocimiento entre los nivaclé del Chaco Boreal Paraguayo”. En: VI Jornadas de la Sociedad Argentina de Americanistas,  Sección Etnografía y Etnología. Sociedad Argentina de Americanistas. Buenos Aires, 2003.

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NOTAS:


* Presentado en I Jornada sobre la Cuestión Social en el Proceso de Integración Regional del MERCOSUR, Buenos Aires, 16 y 17 de septiembre del 2003. Consejo de Profesionales en Sociología. Programa de Acrecentamiento de la Eficiencia Parlamentaria- Honorable Cámara de Diputados de la Nación.

* Antropóloga. Investigadora del CONICET   y Docente de la Facultad de Filosofía y Letras,  Universidad de Buenos Aires (FF y L ,UBA), la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO, Argentina) y el Instituto Nacional de la Administración Pública. Miembro Fundador del Observatorio de Derechos Indígenas y Miembro Colaborador del Instituto Socioambiental (Sao, Paulo, Brasil), Miembro de la Asociación de Cientistas Sociales del MERCOSUR.  Consultora de la Organización de los Estados Interamericanos (OEI / Interarts Bacelona)  sobre Pueblos Indígenas y Tribales y de la Comisión Europea sobre Derechos indígenas y propiedad intelectual.  e- mail: aspadafo@conicet.gov.ar

[1] Aún cuando no existen cifras contundentes en materia de población indígena por país en la región, los datos disponibles del cruce de distintas fuentes pueden ser indicativos de mi argumentación no tanto por lo que “informan de la situación” sino más bien por lo que ocultan. En Argentina se calcula una población genéricamente denominada como “nativa” que –según las fuentes- varía entre los 400.000 y 1.000.000 de “indígenas”, una cifra bastante superior a la de Brasil, aún cuando este país ostenta una mayor diversidad biológica y cultural (Spadafora, 2003). Las variaciones en las cifras responder justamente al asombroso proceso de reconstrucción del movimiento étnico –y por tanto, de recuperación de la memoria histórica- en el plano local y regional que lentamente modifica el perfil político de los países latinoamericanos.

[2] El acuerdo sobre medicinas se logró a fines de agosto, poco antes de que se iniciara la Conferencia Ministerial de la OMC en el sudoriental balneario mexicano de Cancún, que finalizará este domingo luego de cinco días de sesiones. Ese convenio permite a un país afectado por alguna epidemia, como el síndrome de inmunodeficiencia adquirida (sida) o malaria, acudir a otra nación certificada como productora de genéricos, que son los medicamentos identificados sólo por el nombre de su principio activo, mucho más baratos que sus equivalentes con marca registrada. El potencial exportador tendría a su vez que anular la patente de la medicina que pertenece a la casa farmacéutica y que, según normas vigentes, puede durar 20 años, luego darle una licencia a una empresa para que la produzca y al final entregar el producto. Para hacer la compra, el país solicitante, deberá someterse a la supervisión y aprobación del secretariado de la OMC y del consejo del llamado Acuerdo de Propiedad Intelectual en Relación al Comercio, instancia encargada de tratar el tema de medicinas y otros. Las 10 más grandes firmas farmacéuticas del mundo son Pfizer+Pharmacia, Glaxo Smith Kline, Merck & Co., Bristol-Myers Squibb, AstraZeneca, Aventis, Johnson & Johnson, Novartis, Wyeth y Eli Lilly, que juntas acaparan 58,4 por ciento del mercado mundial de medicamentos, que mueve unos 322.000 millones de dólares. Los portavoces de Eli Lilly argumentan que, sin medidas de protección comercial, no podrían recuperar los cerca de 500 millones de dólares que invierten cada año en el descubrimiento y desarrollo de nuevos medicamentos. Sin embargo, un estudio de la Oficina de Evaluación Tecnológica de Estados Unidos, que abarcó 25 años de producción farmacéutica, mostró que 97 por ciento de los productos medicinales lanzados al mercado no eran más que copias de remedios ya existentes, a los que se le hicieron arreglos cosméticos. La investigación indicó que 70 por ciento había sido fabricado por laboratorios públicos, mientras que la mitad de las pocas medicinas realmente nuevas elaboradas por el sector privado tuvieron que ser retiradas del mercado debido a sus efectos secundarios. La conferencia ministerial de la OMC, la quinta de su tipo, pretende encarrillar los acuerdos alcanzados en 2001 en Qatar, donde los ministros de Comercio definieron un ruta de apertura comercial que debería concretarse a fines de 2004 y que tiene como objetivo central atender los problemas del desarrollo. Y si bien el director de la OMC, Supachai Panichtpakdi, declaró que el acuerdo sobre medicinas”prueba de una vez por todas que la OMC puede encargarse de temas humanitarios tan bien como de temas comerciales”, las organizaciones de la sociedad civil, señalan las limitaciones sobre tal acuerdo. Tomado de Cobertura Especial de la IPS a la 5 Cumbre de la OMC, Cancún, septiembre del 2003.

[3] Estas han constatado que esa “imagen dramática” de otras sociedades que no integran el mercado como sociedades del pasado que, por causa de su ineficiencia para planificar el futuro perecieron en la historia, es sencillamente falsa. Y lo que es aún peor, las ha invisibilizado negando su existencia contemporánea y por tanto su potencial para contribuir y cooperar en un ámbito dialógico de negociación.

[4] Así, por ejemplo –bajo la colaboración técnica de la OEI- con la presencia de Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay y de Bolivia y Chile en calidad de invitados especiales, se llevó a cabo el 2 Encuentro de Comisiones Parlamentarias de Educación destinado a atender la cuestión cultural en los países de la región. Tal encuentro -realizado en Paraguay y donde disertaron distintos especialistas buscaban la continuación del diálogo iniciado con el I Encuentro llevado a cabo en octubre de 1996 en Buenos Aires, considerando “cuestiones de índole filosófica, histórica, jurídica y política” en función de la búsqueda de “la integración cultural”. De allí surgieron dos propuestas: la creación de una Comisión Permanente de Legisladores de las Comisiones Culturales del MERCOSUR (LECUM), presentada por la delegación de Argentina; y la creación de un Fondo Cultural del MERCOSUR (FOCOSUR), iniciativa de la delegación de Paraguay en la búsqueda de crear un Banco de Proyectos Culturales.

[5] El acuerdo entre Perú y el MERCOSUR podría allanar el camino para una integración entre el MERCOSUR y el CAN.  Perú firmó este lunes un acuerdo de libre comercio con el MERCOSUR, el bloque comercial del Cono Sur, integrado por Brasil, Argentina, Paraguay y Uruguay. De esta manera Perú se convierte en miembro asociado del bloque, junto con Bolivia y Chile. El acuerdo fue sellado por el presidente peruano, Alejandro Toledo, y su par brasileño, Luis Ignacio Lula Da Silva, en Lima, en el marco de la visita que el mandatario brasileño realizó  al Perú. De esta forma, se allana el camino para que el país andino ingrese como miembro pleno al Mercado Común del Sur, integrado en 1991. El acuerdo de libre comercio podría también abrir el camino a una asociación entre el MERCOSUR y la Comunidad Andina de Naciones (CAN). Así lo afirmó el presidente de Brasil, quien destacó que el acuerdo constituía el primer paso hacia la construcción de una comunidad sudamericana unida. La integración regional es, según los corresponsales, una de las prioridades de Lula, quien busca fortalecer la posición de América del Sur para aumentar el poder de negociación frente a Estados Unidos. Fuente: BBC World SERVICE - 25/8/2003.

[6] Estos incluyen a Venezuela, Colombia, Perú, Ecuador y Bolivia.

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 Dra. Teodora ZAMUDIO