La leyenda de Quetzalcoatl. Diego Rivera. Palacio Nacional México D.F.

       
 


       por Dra. Teodora ZAMUDIO

  

1. Nuestra historia

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“Nuestra” historia se inicia en el siglo XVI con el encuentro entre las etnias europeas y las indígenas que habitaban el territorio argentino. A partir de entonces, y hasta el siglo XVIII y XIX, a medida que se iba conquistando y ocupando lo que hoy conocemos como el espacio argentino, fueron delineándose (otros) espacios, los de fronteras que tenían básicamente dos protagonistas: a los conquistadores/colonizadores y a los indígenas.

Los primeros, con su mentalidad conquistadora o fundadora, consideraban a América como un continente vacío, sin población y sin cultura, donde todo se fundaría sobre la nada, sobre una naturaleza desconocida, sobre una sociedad que se aniquilaba y sobre una cultura que se daba por inexistente. Frente a la contra-parte, la ciudad era para los europeos, un reducto sobre la nada; un lugar donde debían guardarse celosamente las formas de vida, la lengua y la religión de su país de origen. Una idea sintetizó aquella mentalidad “crear sobre la nada una nueva Europa”[1]

Por su parte los indígenas no tenían la noción de continente como los europeos, sino un sentido de pertenencia que no iba más allá de su espacio y comunidad inmediatos; en tanto que desde el punto de vista de la subsistencia y el desarrollo tecnológico, algunos vivían como cazadores-recolectores (Guaycurúes, Patagones y Onas, entre otros), otros se habían transformado en agricultores (Guaraníes, Timbúes, Comechingones) y comerciantes e intermediarios (Omaguacas, Atacamas). Esta amplísima variedad de situaciones trató de ser homogeneizada por el dominio europeo, el cual, durante tres siglos de permanecía fue configurando una nueva organización política, económica y socio-cultural sobre y dentro del mundo indígena[2].

En ese escenario, la frontera fue el ámbito de relaciones bidireccionales, en interés y con “regateos” por ambas partes. Se hace referencia a las Naciones Indígenas, consideras como tales, se establecían tratados, los cuales tenían toda la importancia jurídica y política que ello implicaba. Mediante el uso de este medio pacífico, se logró que se pudiese extender la jurisdicción, basándose en contraprestaciones, intentándose tanto la evangelización como alianzas y defensas.

Además de las relaciones bélicas, en las fronteras se establecieron vínculos comerciales entre los indígenas y europeos, por medio de las cuales los primeros vieron quebrar el principio de reciprocidad y redistribución propio de sus comunidades - intercambios entre las tribus de acuerdo a lo que cada una necesitaba y producía-, para comenzar a participar forzosamente de una economía de mercado monetizada.

La explotación económica trajo consecuencias sobre la sociedad indígena; entre ellas, los traslados masivos de población -por ejemplo, aborígenes de la Puna llevados a Potosí para el trabajo en las minas- rompieron los vínculos sociales tradicionales, fomentaron el desarraigo y el desgano vital en los indígenas. Constituyéndose dichos aspectos en causa de la abrumadora caída demográfica de la población autóctona. También en las zonas fronterizas, el avance de los europeos (y criollos) estuvo apoyado por la presencia religiosa. Durante los siglos XVII y XVIII, franciscanos y jesuitas establecieron reducciones aborígenes en las fronteras, establecimientos religiosos donde los indígenas vivían en forma permanente, trabajaban la tierra y eran introducidos en la fe católica.

En los días de la Independencia, algunos antepasados de “la futura sociedad argentina”, propusieron adoptar un rey incaico para gobernar la nueva nación de las  Provincias Unidas Río de la Plata (como al principio fueron llamadas), con el probable designio de restablecer el antiguo imperio precolombino. Manuel Belgrano y José de San Martín apoyaron fuertemente la opción monárquica incaica, pero aunque ellos tuvieran alta influencia moral,  el gobierno de Buenos Aires quiso mantener el control del país y desde que lo incaico no era de su región,  la iniciativa fue descartada y olvidada.

La primera Constitución (1819) era altamente demostrativa del punto de vista de los iniciales patriotas acerca de los indios e indicó que: “siendo los indios iguales en dignidad y en derechos a los otros ciudadanos, ellos gozarán la misma preeminencia y ellos serán gobernados por las mismas leyes” (Artículo 128). Pero esta Constitución no prevaleció; durante las décadas siguientes la Argentina fue más un ramillete de segmentaciones autónomas antes que un estado nacional unificado.

Sobre un ancho cinturón del territorio que comunicaba la zona del noroeste de las minas de plata con el puerto de Buenos Aires, varias de estas divisiones políticas (actualmente provincias) reclamaron total autonomía del poder creciente de Buenos Aires. Las principales fuerzas militares de San Martín fueron al oeste y -con la ayuda de las tribus Pehuenche y Huarpe- cruzaron los Andes para liberar Chile y una vez que el gobierno nacional allí fue establecido, San Martín se embarcó hacia el norte para poder así liberar Perú. Al mismo tiempo el gobierno de Buenos Aires mandó a sus tropas contra el Imperio portugués-brasileño de Pedro I para permitir a Uruguay decidir si ellos se unirían a  la Confederación Argentina o si se declararían independientes, lo que  finalmente hicieron. En ese contexto, muchas tribus indígenas se unieron a las tropas provinciales de los caudillos o acordaron tratados con ellos no siempre creando relaciones permanentes.

El 9 de octubre de 1827, en la frontera chaqueña, antes que concluyera el primer período de gobierno de Ferré, se celebró un tratado con los Guaraníes de los pueblos de San Miguel y Nuestra Señora de Loreto[3] que eligieron incor­porarse formalmente a Corrientes –pretendiente de derechos sobre el suelo misionero-. Los caciques Yrá, Bayay y Guayrayé se llegaron hasta Corrientes, donde firmaron el tratado[4], aprobado el 16 de ese mismo mes por la legislatura, y proclamado por los representantes indígenas a través de un manifiesto en guaraní, que luego fue traducido al castellano[5]

Otro tratado fue firmado con los pueblos aborígenes de las Misiones Occidentales del Uruguay, el 19 de abril de 1830[6], ratificado el 5 de mayo por Cabral, en uso de las facultades extraordinarias, y lo propio hizo Cabañas días más tarde[7]

Ya en 1833, en la frontera chaqueña, comenzó a gestarse el proyecto de un tratado entre una compañía privada y los indígenas del Chaco para facilitar la colonización del territorio. José Arenales era optimista, en cuanto a la posibilidad de ganar la amistad de los aborígenes e incorporarlos a la civilización europea, desarrolló el primer proyecto tendiente a delegar en una empresa comercial la civilización de los naturales, hasta entonces compartido por el Estado y la Iglesia, escogiendo a los tratados como la manera de entablar relaciones de paz con los indígenas, indicando cláusulas fundamentales que debían tener se deben acordar en los tratados y parlamentos con los nativos[8]:

"1a Que dejarán libre y seguro tránsito a las comunicaciones y convois que se dirijan por tierra o por agua, prometiéndoles a ellos igual seguridad y respeto en todos sus derechos.

"2a Abstenerse de todo robo y pillaje, haciéndoles entender que las ofensas hechas a las provincias vecinas serán vengadas por los colonos; y viceversa las ofensas hechas a éstos vengadas por aquéllas.

"3a Que designen los límites de sus territorios, para reconocerles señores de ellos y garantirles su quieta posesión; pero entendiéndose, que el que los traspase para hacer correrías, será reputado enemigo y sometido a la ley del vencedor.

"4a Que a las tribus que quieran formar pueblos separados y regulares, se les asistirá con lo preciso para su mantención e instrucción hasta que puedan proveer por sí mismos; y que si se agregaren a las colonias, obtendrán ventajas de mayor consideración.

"5a Que se les comprará los terrenos que quieran vender, y se les admitirá al libre comercio.

"6a Que no se les arrebatará violentamente sus hijos y mujeres; ni se les impondrá repartición ni servicios forzados, y que podrán concurrir libremente a las faenas de labranza cuando se los necesite, por sus justos salarios"

Las fronteras en esta región durante esa década y la siguiente quedaron indefensas a raíz de la guerra civil, repercutiendo altamente en la sociedad indígena, hubo asesinos y desertores, no habiendo casi por parte de los gobiernos provinciales acciones encaminadas a la paz y la unión interraciales[9]

Cuándo la Argentina alcanzó finalmente su organización política, la Constitución de 1853 ordenó al Congreso Nacional “proveer a la seguridad de las fronteras; conservar el trato pacífico con los indios y  promover su conversión al catolicismo” (Artículo 67; inciso 15). Lo qué quizás explique el mandato religioso de la joven República sobre la conversión de indios al catolicismo era la posición internacional adoptada como sucesora de la Corona española en el extremo sur del continente sudamericano, dentro de cuyos derechos asumía también los compromisos de aquélla. La Argentina heredó el deber hacia la Iglesia Católica que los reinos de Portugal y España asumieron en 1494 en virtud de la bula del Papa Alejandro VI, que dividió las prerrogativas de conquista sobre las tierras a descubrir entre España (al oeste de un meridiano) y Portugal (al este de esa línea) “Por qué, siendo reyes y príncipes católicos, después de una más seria consideración de todos los problemas, importa, especialmente el ascenso y extensión de la fe Católica, como era el estilo de sus antepasados, los reyes de renombrada memoria, ustedes han propuesto con el favor de la clemencia divina traer bajo su poder los dichos continentes e islas con sus residentes y habitantes y convertirlos al catolicismo”[10]

La relación con los grupos del centro y sur del país no fue siempre perturbadora, y hubo varios tratados que cimentaron vínculos más o menos pacíficos y armónicos entre el gobierno nacional y esos pueblos. Así, en 1857 el gobierno nacional firmó un tratado de paz con el cacique Llanquetruz, el yerno de Calfucurá, el poderoso cacique de las Grandes Salinas a quien él escribió anunciando el tratado “Sr. Calfucurá: Tengo a los cristianos como mis hermanos, y gano las tierras y buenas raciones  y lo mismo para toda mi gente que forma un grupo de 800 hombres, como le digo, es preferible hacer la paz y no tratar de mala  forma."[11]

A la muerte de Llanquetruz, el 10 de mayo de 1859 Valentín Alsina y Bartolomé Mitre firmaron un tratado con el cacique Benito Chingoleo en el que se consignó que, por decisión del hermano mayor de Llanquetruz y Chingoleo y con la entera aprobación del Gobierno de Buenos Aires, Chingoleo reemplazaría a Llanquetruz en Patagones. Se acordó mantener la vigencia del tratado celebrado por Llanquetruz en 1857 y reconocer a Chingoleo el título de Comandante de la Pampa adyacente a la jurisdicción de Patagones, contando con los mismos beneficios que su hermano Llanquetruz: clase de capitán, grado de teniente coronel y  sueldo mensual de mil doscientos pesos. Se incluyó al cacique Sayhueque, no mencionado en el tratado de 1857, en el sistema de raciones y se le adjudicó un sueldo mensual de seiscientos pesos[12].

En 1860, un hecho curioso y poco recordado vino a fragilizar las recientes relaciones. El aventurero francés -Orelie Antoine de Tounens- declaró la Independencia del Reino del Araucanía (Chile) y Patagonia (Argentina) como rey de los mapuches y araucanos; después de un par de años fue capturado y deportado a Francia. Aunque  trató de volver dos veces durante los siguientes años –incluso reunió fondos en Europa para recuperar el reino- pero nunca alcanzó a lograrlo a pesar de contar con la simpatía de numerosos caciques de este y el otro lado de la cordillera. En el exilio ordenó el acuñamiento del dinero oficial  con la leyenda “Nouvelle Francia” y estampillas entre otros símbolos.[13] En todo caso esta experiencia debió reforzar, en las autoridades argentinas, la necesidad de afianzar “la presencia argentina” en esos territorios. A ello se debe sumar, la invención del frigorífico, que abría las puertas a la exportación de carne haciendo indispensable una expansión territorial para la cría de ganado, tanto como las pretensiones chilenas sobre la Patagonia, circunstancias que dieron  carácter de urgente a la campaña, que debía asegurar la soberanía argentina en esas tierras.

cacique Sauhueque
cacique Calfucurá (rey de las Salinas Grandes)
cacique Namuncurá (a su izquierda Ceferino)

El 30 de mayo de 1863 en Patagones se firma un Tratado de Paz a través del que Sayhueque manifiesta su decisión de “(...) establecer una paz sólida y duradera con el Gobierno de la República Argentina (...)”, y éste se compromete a “(...) prestar[le] todo el apoyo y protección que le sea posible de manera que todo redunde en favor de la seguridad y del bien del país en general (...)”. El acuerdo garantiza la libre circulación con fines comerciales y por todo el territorio de la República, para el cacique, su gente y sus amigos, y el acceso a Las Manzanas a todo aquel que se traslade con el mismo fin[14].



Calfucurá, finalmente, firmaría un tratado con las autoridades argentinas en 1866, asumiendo el uniforme militar argentino, tierras y un salario, y así hizo también su hijo y sucesor, Manuel Namuncurá.

La paz en la región central del país (las provincias de Córdoba, La Pampa, San Luis) fue garantizada por otros tres acuerdos: el Tratado con el Cacique Limonao en Río Cuarto, 1870; el Acuerdo entre el Caciques Catriel y Calfuquir con la frontera Sur en 1872, y con el Tratado de la Paz con el Caciques Epumer Rosas y Manuel Baigorria, en 1878. En todos ellos, las tribus aceptaron y reconocieron la autoridad del gobierno nacional, recibieron y dieron promesas de no agresión y también devinieron acreedores de salario la mayoría de las veces por constituirse como guardianes de ejército de paz en sus territorios.

En 1870, la frontera norte también comenzó a ser objeto de atención. Concluida la guerra con el Paraguay, comenzó la conquista del Chaco, con sus respectivas relaciones diplomáticas. La primer misión fue realizada por el jefe del regimiento "Nueva Creación", el teniente coronel Napoleón Uriburu,  quien el 11 de marzo de ese mismo año,  partió desde Jujuy, para entablar relaciones de paz con las tribus de Matacos, Tobas, Chulupíes, etc., a pesar de haber acordado la paz con ocho tolderías y además con los principales caciques Matacos, esta expedición no se plasmó en la firma de tratados. No obstante, los arreglos de paz permitieron reanudar los trabajos en los establecimientos agrícolas de la frontera[15].

En julio Manuel Obligado -comandante general de las fronteras Norte de la República- mantuvo conversaciones de paz con el cacique Pedro Antonio Guampa, y en octubre, firmó un tratado en el fuerte General Belgrano por el cual los indígenas debían acampar  en Cayastá a la orden del jefe de la frontera Norte de Santa Fe, donde serían alimentados y censados. Aparentemente, las tribus nunca se trasladaron a Cayastá e iniciaron ataques lo que culminó con la muerte de Pedro Antonio Guampa y otros. Dos años después el 30 de diciembre, se firmó otro tratado entre Obligado y algunos caciques en el campamento de la Rinconada, entre ellos Mariano López Lancha, Ventura Cisterna y otros. El tratado no fue del todo próspero ya que la tribu de Mariano López Lancha fue la única que cumplió sus compromisos con el gobierno.

Seguidamente las tribus consideradas más guerreras de los caciques Roque y El Dorao se acercaron para hacer tratos de paz. A fines de 1870, se autorizó al coronel Uriburu, que estaba al frente de la comandancia de la frontera de Salta, a firmar tratados con los indios que vivían de fronteras afuera, limitándose a las autoridades locales a vigilar que los indios no fuesen maltratados, haciéndose valer las garantías constitucionales[16] esta circunspección del gobierno central ponía en evidencia su preocupación porque tanto las autoridades salteños, como así también los in­dios que estaban bajo su jurisdicción -incluso los del Chaco-, se creyesen con autoridad como para hacer tratados, conceder terrenos, etc

También se fijaron tierras y fronteras, pero la clase de  derechos no era tan clara y específica. En todo caso, esas convenciones jugaron un papel importante en la fijación y la afirmación de políticas militares en las fronteras argentinas.

No obstante los tratados traían consigo una realidad muy precaria, así un ejemplo de una temporalidad muy frágil se advierte en las tribus del sur. El primero de enero 1872, el Gobierno de Chile firmó un tratado con el caciques Purrán, Llancaqueo, Cheuquel, Caepé, Zúñiga y Odal para alentar el tráfico comercial del ganado logrado en la Patagonia para sus tribus en el territorio chileno, ocho meses después –el 27 de agosto 1872- los mismos caciques Purrán y Llancaqueo como también el cacique Ayllal acordaron salarios para ellos y para su gente como miembros del Ejército argentino, esta duplicidad o labilidad en las relaciones hicieron dudar al gobierno de la estabilidad –por lo menos- de la voluntad de las contrapartes.

Ese era el escenario -en 1879- cuando “la Campaña del Desierto”[17] fue llevada a cabo con la participación de tribus indígenas –mapuches, ranqueles, pampas- con acuerdos con el jefe militar general Roca, que tiempo después serían reconocidos en el “Decreto Ejecutivo de Premios Militares” ratificado por el Congreso Nacional por ley 1628. Según estos tratados, las tribus indígenas recibieron  tierras,  grados militares para sus líderes (con salarios) y provisiones alimenticias básicas a cambio de su participación en la mencionada “Campaña”[18]. Para el Gobierno de Buenos Aires aquélla era un asunto de frontera internacional (con Chile) antes que una guerra contra los indios, sin embargo, en las próximas décadas (ya en el siglo de XX), varios hechos contribuyeron a la inestabilidad de la posición legal de los territorios de las tribus y comunidades indígenas del sur.

Por un lado, los grupos indígenas nómadas no se adaptaron a la  vida “productiva”  del perfil del agricultor-ganadero convencional; las tierras asignadas quedaron “inexplotadas” y las paradójicas nuevas leyes –relacionadas a la propiedad agraria- fueron invocadas para desahuciarlos de sus dominios… en varios de estos casos ellos mismos permanecieron en el territorio como empleados de los nuevos dueños[19] o emigraron a áreas más pobres. En otros casos, “comerciaron” sus derechos sobre sus tierras por alimento, alcohol u otros productos sin conciencia del significado de estas transacciones, sólo perdieron; no tuvieron la voluntad de “propietarios asentados” y vagaron en  “maloca” o “malón” (grupo de indios dedicado al comercio de ganado, sin ningún aprecio por la propiedad privada).

En resumen, de ese período algunas familias indígenas se integraron a la sociedad argentina agraria retuvieron la propiedad de sus tierras pero la transmitieron de acuerdo con los derechos sucesorios entre sus amplias familias lo que dividió los fundos hasta casi desaparecer; otros fueron incluidos –en las décadas siguientes- en los grupos sociales pobres y vulnerables que habitaron en los suburbios marginales de las principales ciudades y fueron “contabilizados” en los programas sociales de ayuda y reinstalación tanto oficiales como de la Iglesia, y terminaron perdiendo sus lazos culturales y étnicos.

Por otra parte, el “ideal” de desarrollo se acentuó y los espacios de fronteras configurados durante el siglo XIX, los que implicó la interacción (y separación) entre los cultores del progreso y los sectores “atrasados” o “estancados”, el gaucho en las áreas rurales y los indígenas. Sin embargo, no todo el desarrollo está basado en sucesos violentos o con solo ánimo de exterminio, aunque tampoco es posible negar pensamientos como los ambientados en la generación del ochenta, basados en las líneas llevadas al fascismo del darwinismo[20] cuando la inserción de la Argentina en la economía mundial hizo cada vez más necesarias las tierras para el ganado vacuno y ovino, y se invocó la necesidad de desarrollo para la ocupación de los territorios indígenas[21].

En 1884 el entonces gobernador de la Patagonia general Wintter dispuso el ataque final contra Sayhueque e Inacayal que habían considerado rotos los tratados firmados y decidido combatir el avance de la “civilización”. Agotado y desmoralizado, en una situación de arrinconamiento insostenible, Sayhueque se entregó el 1 de enero de 1885 con más de 3000 hombres. Ya el 18 de octubre de 1884, Inacayal y Foyel habían caído prisioneros y junto con sus hermanos, mujeres e hijos, ambos caciques fueron llevados, en 1886, a vivir al museo de La Plata.

"Y un día, cuando el sol poniente teñía de púrpura el majestuoso propileo de aquel edificio (...), sostenido por dos indios, apareció Inacayal allá arriba, en la escalera monumental; se arrancó la ropa, la del invasor de su patria, desnudó su torso dorado como metal corintio, hizo un ademán al sol, otro larguísimo hacia el sur; habló palabras desconocidas y, en el crepúsculo, la sombra agobiada de ese viejo señor de la tierra se desvaneció como la rápida evocación de un mundo. Esa misma noche, Inacayal moría, quizás contento de que el vencedor le hubiese permitido saludar al sol de su patria"[22]. Fue el 24 de septiembre de 1888.  Al año siguiente cuando se abrieron las puertas del Museo de la Plata, Inacayal no era más que una curiosidad etnológica con el número 5438. Un siglo después en 1994, fue enterrado en Tecka, provincia de Chubut[23].

La "gente progresista" entendía que solo los pertenecientes a esa “órbita esclarecida” estaban capacitados para el manejo de la cosa pública. También se consideraba la poseedora del verdadero patriotismo y custodia de la democracia, que según esta concepción, “no podía ser el despotismo de las masas, ni de las mayorías, sino el regimiento de la razón”[24]; por lo tanto, la soberanía del pueblo residía en la “razón del pueblo” y, obviamente, sólo era llamada a ejercerla la parte sensata y racional del mismo. La parte ignorante quedaba bajo la tutela y salvaguardia de la ley dictada por el “pueblo racional”[25].

Estos lineamientos subyacen y explican el paternalismo ejercido hasta hoy por ciertos “hacedores” e “interpretadores” de la legislación relativa a los pueblos indígenas: se debe “proteger”, aludiendo a su incapacidad (social y jurídica); en lugar de “garantizar”, creando espacios institucionales de encuentro y capacitación intercultural. El leguaje no ha estado ausente en la cuestión y –aunque inconscientemente, muchas veces- marca la continuidad de un predominio sobre lo indígena tras aparentes reconocimientos: “(...) en tanto es un bárbaro que se abandona al goce de su vida vegetativa, es preciso educarlo antes de que sueñe con la posibilidad de ejercitar derechos sobre el manejo de la política nacional. Entretanto aprende, que siga las pautas señaladas por quienes están "civilizados"... aquellos que piensan y crean, pues son los más interesados en protegerlos”[26]

Otro de los principales factores de cambio que dio lugar a la transición desde la Argentina tradicional a la Argentina moderna es la inmigración entre los años 1880 y 1914. Y sin esta inmigración masiva -naturalmente asociada con el nombre de Juan Bautista Alberti: “… para nosotros, para nuestros hijos y para todos los hombres de buena voluntad que quieran habitar el suelo argentino”- no es posible comprender a la Argentina contemporánea[27]. La europeización de la Argentina y la modificación del carácter nacional –instancias ambas tan anheladas por la generación del ochenta- se tradujeron en una política inmigratoria abierta, a través de la cual se intentó promover la agricultura, la ganadería y la red de transportes, para luego industrializar el país[28].

Como consecuencia del proceso inmigratorio, la estructura social argentina se volvió más compleja, a la vez que cambió la cultura política por el aumento de los estratos populares y sectores medios.

La estructura de clases –para ese período- puede ser dividida en cuatro segmentos. El primero de ellos era la clase alta o aristocrática, la cual, hasta 1914, representó al uno por ciento de la población. La siguiente era la alta clase media, que, si bien era próspera, tenía un escaso prestigio social. La baja clase media no poseía fuerza económica ni poder social, pero tenía alguna posibilidad de ascenso. Finalmente, la clase baja, que representaba a los dos tercios de la población, ocupaba la base de la pirámide. La clase dominante, compuesta por ganaderos, estancieros y políticos, refleja las contradicciones de una generación cuyos valores y defectos se confunden: riqueza, sabiduría, arrogancia, superficialidad, prudencia y optimismo. Las clases medias iban fraguándose con la inmigración a través de su participación en la economía y en el proceso de aculturación modernizante. Las clases bajas, distribuidas a lo largo y a lo ancho de toda la Argentina, recordaban la dualidad del país. Para gobernar la Argentina moderna fue preciso integrar a los inmigrantes sin arriesgar la integridad nacional.

La guerra del ´14 no sólo interrumpió el flujo inmigratorio, sino que, también, llamó a los nacionales de los países beligerantes, lo cual explica el saldo inmigratorio negativo del período 1914-1918. Pero la Argentina logró retener a los hijos de los extranjeros de las primeras olas. Proclives tanto al ascenso social como a la participación política, muchos de ellos obtuvieron títulos universitarios y técnicos, militaron en política y organizaron los primeros partidos políticos populares. Luego de la guerra en Europa la población urbana se duplicó a causa de los llegados en busca de nuevos lugares y crecieron los sectores dependientes (empleados, funcionarios, técnicos).


NOTAS:


[1] Romero. José Luis La estructura originaria de la ciudad latinoamericana: grupos sociales y funciones. Cuadernos Americanos. México, N° 1, enero-febrero1972.

[2] Por ejemplo, los españoles pudieron someter rápidamente a los indígenas del Noroeste - Atacamas, Omaguacas, Diaguitas y Calchaquíes - y del Litoral -Guaraníes - porque vivían en asentamientos estables, ya que dependían para su mantenimiento de la agricultura y el pastoreo, y estaban habituados a regímenes de trabajo regulares. Por el contrario, los aborígenes de la Pampa -Pampas-, la Patagonia - Onas y Yámanas - y el Chaco - Guaycurúes - que obtenían su sustento de la caza y la recolección de especies silvestres y cambiaban de residencia una vez agotados los recursos del lugar, permanecieron fuera de la dominación española. Llamados por los españoles, "indios bárbaros o salvajes" habitaban las fronteras

[3] Estos pueblos se encontraban en crisis desde la década anterior a raíz de las invasiones de Andresito, el comisionado de Artigas, y las de los portugueses; a su vez que amenazados por la proclamación de la República Entrerriana por Francisco Ramírez; y las luchas entre facciones indígenas, agravada luego por la guerra con el Brasil

[4] Cambas, Historia política e institucional de misiones. Los derechos de los misioneros ante la historia y ante la ley, p. 103.

[5] Levaggi, Abelardo. Paz en la frontera. Ed. Durken. 2001 p. 260.

[6] Los comisionados al gobernador: Corrientes, 1/12/1829. Gómez, Corrientes y la convención nacional de 1828, pp.144-145.

[7] El estado de cosas que crearon estos convenios se mantu­vo hasta la federalización del territorio de Misiones en 1881. Estos dos tratados fueron los únicos, en los cuatro siglos, celebrados con comunidades indígenas que vivían dentro de las fronteras Levaggi “Paz en la frontera” p. 263.

[8] Proyecto de José Arenales en 1833 de un tratado entre una compañía privada y los indígenas del Chaco para facilitar la colonización del territorio

[9] Levaggi, Abelardo. Paz en la frontera. Ed. Durken. 2001 p.264 y ss.

[10] El tratado de Tordesillas y la bula Inter Caetera II.  El descubrimiento de Colón en 1492 de las supuestas tierras asiáticas en los mares occidentales amenazó las inestables relaciones  entre los reinos de Portugal y Castilla, los cuales habían estado maniobrando por la posición y la posesión de territorios coloniales a lo largo de la costa africana durante muchos años. El rey de Portugal afirmó que el descubrimiento estaba dentro de los límites  establecidos en las bulas papales de 1455, 1456, y 1479. El rey y la reina de Castilla no estuvieron de acuerdo y buscaron una nueva bula papal sobre la materia El Papa Alejandro VI, nativo de Valencia y amigo del rey castellano, respondió con tres bulas, fechadas el 3 y el 4 de mayo, que eran sumamente favorables a Castilla. Aunque bulas posteriores  también versaron sobre la  rivalidad colonial portuguesa y española, la bula “Inter Caetera II” llegó a ser el documento más importante en el desarrollo de doctrinas legales subsiguientes con respecto a reclamos del imperio en el "nuevo mundo." La bula asignó a Castilla el derecho exclusivo a conquistar y poseer territorios que yacían al oeste del meridiano situado a cien leguas al oeste de las Azores e Islas de Cabo Verde, y a Portugal las ubicadas al este, en ambos casos con la condición de llevar –junto con el comercio- la fe cristiana a las tierras por ser descubiertas. Sin embargo, en el Tratado de Tordesillas fue hecha por ambos reinos una excepción para cualquiera de las tierras poseídas por cualquier otro príncipe cristiano más allá de este meridiano, antes de Navidad de 1492.

[11] Llanquetruz embarcó hacia Buenos Aires en el barco "Belisiario" para ratificar y firmar el tratado de la paz y la amistad. El 19 de mayo se  reunió con el gobernador Valentín Alsina y fueron fijadas las bases del tratado. Llanquetruz embarcó a Patagones el 26 de mayo, después del las ceremonias en conmemoración de la Revolución de mayo fue asesinado, posiblemente por orden de su  suegro. Levaggi, Abelardo. Paz en la frontera. Ed. Durken. 2001

[12] A partir de la década de 1860, la política de Sayhueque se diferenció progresivamente de la ambivalencia hostilidad-acuerdo que había caracterizado la relación de su padre con el gobierno de la Buenos Aires. El hijo privilegió una relación pacífica, instrumentada a través de sucesivos tratados (1859, 1863, 1872).

[13] Perez Schweiger, Gisela T (Comp.) Breves notas de la etnohistoria del pueblo mapuche. 2004 Ver en el CD rom adjunto, en sección Doctrina.

[14] Boschín, María Teresa y Slavsky, Leonor Política indígena e indigenista: los proyectos de inclusión y exclusión en la Patagonia Argentina en la segunda mitad del siglo XIX. Ver trabajo completo en el CD rom adjunto en sección Doctrina

[15] Como era de estilo los tratos de buena voluntad involucraban regalos: mercaderías y raciones de carne (que quedaron a cargo del gobierno de Salta). Participaron del acuerdo los ocho caciques principales, entre ellos Mulato, Francisco, Ciriaco, Fortunato y Manco

[16] Levaggi, Abelardo. Paz en la frontera. Ed. Durken. 2001p. 553 y ss.

[17] En virtud del pedido formulado por el Ministerio de Guerra al General Julio Argentino Roca, en el mensaje de 1878 el Congreso Nacional sancionó una ley por la cual se destinaban $ 1.600.000.

[18] Algunas leyes del período: ley 1.224 Ayuda financiera para los indios de Conesa Indios de Conesa  1884, ley 3.092 La entrega de tierras, sobre el margen correcto del Río del Negro, Chipaelco, los títulos serán libremente facilitados Cacique Manuel Namuncura y su tribu 24/08/1894, ley 3.154 La entrega de tierras, en La Pampa Central, los títulos serán libremente facilitados Caciques Mariano Pichihuinca y Manuel Tripailaf y sus familias 08/10/1894, ley 3.814 La entrega de tierras, en el Territorio de Chubut, los títulos serán libremente facilitados Cacique don Valentin Saihueque y su tribu  1899 Choconi, Diego Legislación argentina vigente y antecedentes normativos. 2004 Ver en el CD rom adjunto, en sección Monografías.

[19] Sede, Alfredo y otros c/Vila, Herminia y otros s/ Desalojo. Juzgado de Primera Instancia en lo Civil, Comercial y Minería de la IIIª Circunscripción Judicial de Río Negro.   San Carlos de Bariloche, 12 de agosto de 2004; Ver el caso en el CD rom adjunto, en sección Jurisprudencia.

[20] Gónzalez Frea, Georgina. Breve notas etnojurídicas al derecho indígena argentino. 2006. Ver en el CD rom adjunto, en sección Doctrina.

[21] Una línea de fuertes se estableció en la frontera con el Chaco y la Pampa en el siglo XVIII. Esta última línea comenzó a trasponerse tras las primeras décadas de vida independiente y durante la "Conquista del Desierto" - siglo XIX -.  A fines de 1879 la "Conquista del desierto" había terminado, y los indígenas estaban muertos o desplazados hacia la Patagonia o los Andes. Catorce mil aborígenes de distintos grupos fueron capturados y trasladados como sirvientes, o destinados a trabajos pesados como la pica de adoquines en la Isla Martín García (adoquines para las calles de la ya creciente Buenos Aires); entre ellos, unos ochocientos ranqueles, últimos representantes indígenas del sur de Córdoba y norte de San Luis.

[22] Onelli, Clemente. “Trepando Los Andes”, Buenos Aires, editorial El Elefante Blanco, 1904

[23] Aizen, Helena y Tam Muro, Claudio. La guerra del desierto. Museo de la Patagonia "Francisco P. Moreno" 1992.

[24] Pérez Amuchástegui, AJ, Mentalidades Argentinas, Eudeba, Bs. As. 1970

[25] El gaucho pareció configurar un tipo cultural más definido. Derivado del término quechua “huacho” que significa “huérfano, hijo de nadie”; el gaucho surgió no vinculado a nada, sin sentirse ni blanco ni indio, ni mulato ni nativo, con su vida nómada se lo entendió como un orillero, como un vagabundo de las campañas argentinas. Luego, al unirse a los ejércitos de la independencia y sedentarizarse en las estancias -por su habilidad en todas las artes campestres y su tipo de vida austero- hizo que surgieran opiniones apreciativas que llegaron hasta idealizar su imagen. A pesar de ello, el gaucho por medio de sus canciones y payadas, expresó su poesía contestataria, su disconformidad y rebeldía.

[26]Pérez Amuchástegui, AJ, ob.cit

[27] No hubo otro período en el que la proporción de extranjeros en edad adulta haya sido tan significativa, por décadas, el setenta por ciento de la población de la Capital Federal y casi el treinta por ciento en las provincias de Buenos Aires, Córdoba y Santa Fe, eran inmigrantes.

[28] La inmigración, mientras se ocupó de actividades rurales, favoreció el desarrollo de una economía agrícola que permitió que el país pasara a ser el principal exportador de trigo en el mundo, cuando, hasta 1870, lo importaba.

 

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 Dra. Teodora ZAMUDIO