La leyenda de Quetzalcoatl. Diego Rivera. Palacio Nacional México D.F.

       
 


       por Dra. Teodora ZAMUDIO

  

pueblo Rankulche

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Fuentes: Héctor Walter Cazenave. Asociación Guadalupe http://www.endepa.madryn.com

 

Reseña histórica

La nación mamulche pobló el Mamull Mapu o "país de los montes" desde tiempos inmemoriales, en el centro de lo que hoy es la Argentina. Lindaba al oeste con la nación pehuenche y al sur con la tehuelche.

La historiadora Patricia Nora Gómez señala que a lo largo del tiempo, la nación mamulche estuvo conformada por diferentes pueblos, llamados "salineros", "jarilleros", "medaneros", "los de los montes" y "los del rankul" o "rankulches", hoy ranqueles. El Vocablo rankulcachu designa a la totorilla, una planta cuyas raíces poseen tubérculos, una especie de papa dulce.

La capital política de la nación mamulche estuvo en Leuvucó (La Pampa), por ser punto de confluencia de antiquísimos caminos indígenas que se dirigían hacia los cuatro puntos cardinales, y hacia la línea de fortines levantados por los blancos para contener a los indígenas.

El poderío de este pueblo quedó en evidencia durante las invasiones inglesas, cuando el cacique Carripilún puso 3.000 lanceros a disposición del virrey Sobremonte. En 1819, Carripilún recibió la visita de Feliciano Chiclana, en nombre del Gobierno de las provincias Unidas, para pedirle que no dejara pasar a los españoles por su territorio.

La nación mamulche fue exterminada en la conquista del desierto. A principios del siglo XX, los sobrevivientes comenzaron a reagruparse y obtuvieron las 80.000 hectáreas de la Colonia Indígena Emilio Mitre.

Paghitruz Güor "zorro cazador de leones" 1825-1877

De acuerdo a las teorías etnográficas más aceptadas la parcialidad ranquel resultó de un cruzamiento entre grupos pámpidos y mapuches cordilleranos. Así lo indicarían ciertas características físicas y culturales. Lo que nadie arriesga a decir es cuándo ese cruzamiento eclosionó en la nación ranquel.

Es posible que fuese después del siglo XVII, época en que comienzan a llegar los mapuches a las pampas atraídos por la facilidad de la caza de vacunos y yeguarizos.

Al margen de su fijación como grupo cultural, es evidente que el poderío ranquel se concreta después de la llegada de Chile de Yanquetruz, quien hacia 1818 reemplaza en la jefatura de la parcialidad al mítico Carú Agé, "Cara o Máscara Verde". La época es históricamente difusa pero con seguridad, hasta entonces no era Leubucó sino una de las tantas aguadas con médanos y monte desparramados en el caldenar, pero no el asiento de los caciques ranqueles.

Hasta 1.811, por los menos, el jefe de la nación fue Carripilún (el sol de estas tierras, como dijera Luis de la Cruz cuando lo conoció en su memorable viaje) y es el propio de la Cruz quien indica cuál era el sitio del principal asentamiento: Marivil. Recién después del eclipse de Oreja Verde -que tal es el significado de Carripilón o Carripilún- comienza a brillar la estrella de Yanquetruz, que vivía en Nahuel Mapú, y tras apagarse ésta en los años posteriores a la expedición del desierto de 1833, a levantarse la de la lanza más famosa, Painé, y consecuentemente la trascendencia de sus aduares de Leubucó.

Todas estas cronologías y nombres, tan escuetamente consignados aquí, pecan, a sabiendas, de simpleza. Porque, al margen de la diferencia conceptual que puede existir entre los indios y nosotros acerca de nación y hasta de grupo tribal (recuérdese que eran pueblos seminómades) hay una sutilísima trama de parentesco y descendencia con nombres repetidos que dificulta enormemente la investigación

Los ranqulches o ranqueles Reafirmaron su lengua y su cultura, pero las sucesivas crisis económicas y la aparición de la maquinaria agrícola hicieron emigrar a muchos. Las trampas de la ley redujeron la colonia a 40.000 hectáreas. Otras 20 comunidades residen en La Pampa y Buenos Aires.

Muerte del Cacique Baigorrita

Por Jose R. Iturralde

El 16 de julio de 1879, eligió la muerte antes que el destierro. El Cacique General de los Ranqueles, Mariano Rosas, le dijo un día de 1870, en Leuvucó, al Coronel Lucio V. Mansilla, de visita en aquel momento."-Hermano, cuando los cristianos han podido nos han muerto; y si mañana pueden matarnos a todos, nos matarán. Nos han enseñado a usar ponchos finos, a tomar mate, a fumar, a comer azúcar,a beber vino, a usar bota fuerte. Pero no nos han enseñado a trabajar, ni nos han hecho conocer a su Dios. Y entonces, hermano,¿ qué servicio le debemos?."

Y no se equivocaba Mariano Rosas; el tratado celebrado con el gobierno del presidente Sarmiento, representado por Mansilla, y el mismo Mariano Rosas, además de Baigorrita y Ramon Cabral, no se habría de tratar ese año en el Congreso y sería roto al año siguiente, cuando la invasión del Teniente Coronel Antonino Baigorria, que arrasó con las tolderías de Leuvucó.

Muerto ya Mariano Rosas unos años antes, preso su hermano Epumer, quién como pocos caciques de su raza, fué irreductible defensor de los derechos de los aborigenes argentinos, no cediendo ni a los ofrecimientos de dinero, ni al derecho de vestir el uniforme del ejército, sin que le dieran previamente, tierras para sus indios; solamente Baigorrita, con los restos de sus seicientos indios de pelea y sus familias, emprendió el camino del destierro, antes de pensar en entregarse.

Manuel Baigorria, alias Baigorrita, tiene en ese momento alrededor de cuarenta años. Es hijo del cacique Pichun, ya fallecido, y su nombre le viene de su padrino, el coronel Manuel Baigorria, quién vivió más de veinte años entre los ranqueles, a los que inició en la agricultura y le transmitió costumbres sedentarias y el uso de los utensillos cotidianos para el mejor vivir. "Baigorrita, es muy aficionado a las mujeres, jugador y también pobre, tiene reputación de valiente, de manso y un gran prestigio militar entre los indios. Tiene costumbres sencillas, vive modestamente y no es lujoso ni en los arreos de su caballo", dice de él, el coronel Mansilla.

"Entre la bruma de la mañana, el grupo va marchando por la otra orilla del río AGRIO. Los milicos que los persiguen, buscan un vado, pero con pocas esperanzas de alcanzarlos. De repente algo sucede entre los que huyen. Hay vacilación, y de pronto, entre el remolinear de caballos, el minusculo grupo pega la vuelta, se ordena, y alzando las lanzas, con el viejo grito de pelea milenario en la boca, vuelve a galope tendido, en su última carga, para proteger la huida de sus familias, esos restos famélicos y andrajosos, luego de leguas y meses de huida"

"Baigorrita enfrenta su destino, que otro sería si tuviera, delante, a un enemigo con bolas, lanzas y facones. Pero, el tiempo histórico se ha cumplido. El temblor metalico del telégrafo ha corrido la voz a los cuatro rumbos, salvando en un instante -menos del tiempo que un chasque tarda en enfrenar- los confines de la tierra. No hay humada que diga tanto, tan claro y tan lejos. No son las voces infinitas con que el campo avisa los signos de la vida y de la muerte. Nada se puede contra el pulso electrizado del "huinca" que de esta manera extermina a todo un pueblo, en nombre del progreso, el comercio y la civilización europea.

El cacique responde a su corazón de guerrero y le recula al destierro. No importa que sus lanceros arruguen y lo dejen solo, arde su sangre y se emborracha de rabia con sus propios alaridos.

Las horas de su vida se han achicado al instante en que, encuadrado en la mira lejana de un Remington, baja lo orden desde la cabeza del sargento que lo empuña hasta el dedo ejecutor que presiona el gatillo y lo clava contra esa piedra pelada, tan lejos del Quenqué natal, de sus montes, de sus medanos y de sus lagunas.

El tiro que lo baja del caballo como a un pájaro, es la rúbrica final al decreto de muerte dictado contra esa raza indomable que Buenos Aires, al fin, puede cumplir.

Muerto, presos ó fugados los grandes caciques y los últimos combatientes, terminados los caballos de pelea, arrasados los toldos y las sementeras, solo quedaban en el monte, perdidos los más viejos, que eran despenados rápidamente ni bién eran capturados o morían solos si conseguían huir. De la chusma, solo las mujeres en condiciones de servirles a los soldados y los menores de ocho años, se salvaban de ser degollados. El resto era generalmente pasado a cuchillo, solo que al no ser enterrados, los "relhué" enfurecidos, sobrevolaban durante tres dias sus cadáveres, pidiendo venganza...

 

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